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Al rescate de la cepa País

Apenas terminó la universidad, Javier Ugarte decidió alejarse del mundanal ruido e irse a vivir a un tranquilo Cauquenes. Durante años se dedicó a experimentar con las uvas de su campo para cumplir el sueño de crear su propio vino, hasta que una corazonada lo llevó a rescatar esta vieja cepa traída por los españoles para darle un tinte nuevo. Así nació Tincao.      

Por: Florencia Polanco.
Fideliza Comunicaciones.

Cauquenes es un lugar silencioso. Rodeado de extensos viñedos, es fácil ser atrapado por la calma que se respira en esta ciudad maulina, ubicada a tan solo 30 kilómetros de la costa. En otoño el paisaje es especialmente cautivante, con hojas verdes, rojas y amarillas que lo tiñen todo.

  • ¿Por qué decidiste vivir ahí?
  • Es una pregunta que me hacen mucho. Cuando vienen personas al campo siempre me dicen: ¡es precioso! ¿pero cómo lo haces? Es como vivir 50 años tarde… Pero, la verdad, yo nunca me lo cuestioné.

Al otro lado del teléfono, Javier Ugarte, agrónomo nacido en Rancagua, aunque creció en San Vicente, recuerda exactamente el día que se fue a vivir a Cauquenes. De fondo se escucha el ruido de las hojas y a un grupo de gallinas cacareando fuerte. “Terminé la universidad y al día siguiente me vine”, cuenta.

Más de una década después sigue ahí. Hoy a sus 35 años está casado, tiene una hija y otra en camino, y comenta que nunca se ha preguntado sobre la decisión que tomó. Tal vez fue solo una corazonada que siguió. A diferencia de muchos universitarios recién egresados que optan por migrar a la agitada capital, él vivió su juventud entre las viñas del campo familiar que su papá compró en 1986, mucho antes de que Cauquenes se transformara en una reconocida zona vitivinícola de Chile.

“En ese tiempo, su potencial no era muy conocido y tampoco estaba muy desarrollado. Mi papá fue el primero en incorporar el riego tecnificado por goteo. Ahora, hace unos cinco años, Cauquenes se consolidó en el mundo del vino y llegaron todas las viñas grandes”, comenta.

Pero Javier tenía claro el potencial vitivinícola de la zona, y eso lo llevó a experimentar. Mientras ayudaba en las labores del campo familiar que hoy administra, con 140 hectáreas de variedades tintas destinadas a la venta, empezó a producir su propio vino mezclando uva de diferentes cuarteles.

“Me interesaba entender cómo los trabajos que yo hacía en el campo influían en la calidad”, dice. Y así, en 2014, hizo su primer vino. Sin nombre ni etiqueta, produjo 2 barricas de 450 litros. “No se vendió ni una sola botella”, se ríe, y agrega, “pero para mí, verlo en la mesa de un amigo, embotellado, era muy emocionante, era ver el resultado de todo tu trabajo ahí, luciéndose en una mesa”.

Me tinca

Muchos de los que producen su propio vino se parecen a los pintores. Disfrutan el proceso de creación, pero una vez terminada su obra son muy malos vendedores. A Javier le pasa algo parecido. Sabía que sus experimentos tenían potencial, porque además involucraba rescatar una vieja cepa traída por los españoles: la País. “Una de las características que tiene Cauquenes es que se pueden encontrar centenarias parras de esta cepa”, comenta.

Pese a que la primera vez que hizo vino no vendió ni una sola botella, siguió atento a sus corazonadas y se lanzó nuevamente a producir, y esta vez incluso duplicó los litros. En ese intertanto, su amigo Raimundo Piraino, que había probado su vino en más de una ocasión y quien también le veía mucho potencial a la cepa País, le propuso asociarse y saltar de lo artesanal a lo comercial.

La idea le tincó a Javier y así, en 2016, nació el vino Tincao.

El nombre que escogieron surge, precisamente, de una tincada. “De partida, era una mezcla poco común, Malbec con cepa País. Teníamos la intuición de que podía resultar. Hicimos ensayos y se dio súper bien”, relata Javier. Esta vieja cepa que introdujeron los españoles en la época de la colonia es la principal protagonista de sus vinos, la que combinan con otras variedades como Malbec, Carmenere, y Carignan.

También les hizo sentido el nombre porque muchas veces, cuando una persona va al supermercado y compra un vino que no conoce, es por una tincada. “Además, al ser un chilenismo es también un intento por rescatar los orígenes y lo simple”, agrega.

Esa simpleza, precisamente, es el sello propio que han querido imprimir en su vino. Javier explica que intentan que los procesos sean lo más simples y tradicionales posible para que las variedades se muestren tal cual son.

“Tratamos de hacer un vino sin meter mucha tecnología y así mantener los perfiles y características de la variedad. Que el Cabernet sea un buen reflejo y no esté maquillado por otras variedades”, detalla.

En el proceso, por ejemplo, no incorporan barrica, lo que permite que los vinos sean más frutosos. “Esa es la tendencia. Hace varios años eran los vinos con harta madera, pero hoy en día los jóvenes están buscando vinos más frescos, que sirvan de aperitivo y que no cansen”, sostiene.

Además, la uva país que rescatan en su vino provienen de parras de 80 años, las cuales crecen rústicamente y requieren muy poco trabajo. Al ser terreno secano, además, no se riegan si no que se alimentan del agua de las lluvias.

“Cuando las plantas tienen más años van buscando un equilibrio, son menos productivas, pero la calidad de la uva es más pareja. Cuando son más nuevas, los primeros años producen mucha uva y no alcanzan a madurar bien. Las viñas antiguas, en cambio, logran su equilibrio natural. No hay ninguna planta que sea más noble que una viña, por eso es bíblica. Uno ve en Cauquenes viñas sobre 100 años”, dice. En ese sentido, van a contracorriente de la industria, donde en promedio las parras se suelen arrancar a los 15 años porque se vuelven menos productivas.

Reconocimiento a la tierra

A sus 35 años, Javier sigue fascinado de Cauquenes, y en gran medida su proyecto del vino Tincao, aunque es a pequeña escala, es una forma de reconocer su tierra, que se caracteriza por su suelo de granito con arcilla roja y mucha presencia de piedras cuarzo, con días calurosos y noches muy frescas, además de una proximidad con el mar que ayuda a la maduración de la fruta. “Esa diferencia de temperatura, influenciada también por la costa, hace que la maduración sea especial”, dice.

La primera partida de vino que hicieron con su amigo Raimundo Piraino fue 1.200 botellas. Participaron en varios concursos, obteniendo hasta 93 puntos, que es categoría excelente. A eso se sumaron buenas críticas, por lo que apostaron por aumentar la producción. Si en 2016 partieron con cerca de 1.000 botellas, hoy producen 7.000 al año, y además construyeron su propia bodega, a 30 metros de la casa de Javier. Eso ha facilitado, cuenta, que su familia también se haga partícipe de todo el proceso. “Posicionar un vino en Chile es una tarea muy desgastante, porque hay miles de etiquetas distintas, pero en la medida que tu familia y tus amigos te apoyan todo se va dando”, agrega.

Sobre cómo se proyectan a futuro, los próximos pasos son seguir aumentando la producción, pero siempre manteniéndose como un negocio boutique, que le permita seguir experimentando con distintas variedades, y también exportar. “Mi principal intención es mostrar Cauquenes. Todas las zonas te aportan algo distinto. Eso es lo bonito”.

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