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Junio 2022

Renacer con la agricultura

Roberto Montalva trabajó por 45 años en un banco. Lo hizo hasta que su esposa y “cable a tierra” se enfermó de cáncer y enviudó. Tras su muerte, se planteó dejarse caer o levantarse. Y se puso de pie retomando un proyecto que en su juventud había dejado inconcluso: dedicar su vida al campo. “Nunca es tarde”, dice hoy a sus 70 años.

Florencia Polanco – Fideliza Comunicaciones

Roberto Montalva siempre quiso ser agrónomo. Creció con su abuelo que era administrador en una viña, y en busca de ese sueño entró a estudiar Agronomía en la universidad. Pero, como muchos jóvenes en Chile, no pudo terminar la carrera. Tuvo que dejar los estudios y entrar a trabajar con su papá en el banco para ayudar a su familia, adaptándose a un rubro totalmente diferente. “Cuando me lo pidió, le dije, entro mañana o no entro nunca”. 

—¿Y qué pasó?

—Trabajé en el banco por 45 años.

Así se alejó del verde campo y comenzó una carrera bancaria y de oficina que partió en el mesón de atención al cliente entregando cartolas de saldo, y después recorrió todos los puestos existentes hasta que logró el cargo de jefe de oficina. En ese recorrido vivió en San Felipe, Punta Arenas y Talca, donde el verdor maulino hizo que su conexión con la agricultura empezara a cobrar fuerza de nuevo.

Ahora tenía su propio capital y podría invertir en algo que lo apasionaba desde niño. Compró 18 hectáreas de uva vinífera, un anhelo familiar que al fin se concretaba. Pero con el ajetreado trabajo en el banco, poco tiempo le quedaba para dedicarse al campo y decidió arrendarlo. Así, se alejaba del mundo agrícola otra vez.

Mientras tanto, su carrera bancaria parecía no terminar. De hecho, siguió en ascenso. Le ofrecieron el puesto de gerente regional y se trasladó a vivir a Temuco para dirigir 46 oficinas desde Rancagua a Punta Arenas.

Fue entonces que una dura noticia los golpeó como familia: Sonia, su esposa, tenía cáncer. “Tuvo cinco cánceres en total, pero en el cuarto di un vuelco. O me dedicaba a trabajar veinticuatro siete en el banco o la cuidaba a ella”, se preguntó.

—¿Y qué pasó?

—Renuncié. Después de 45 años…

Al poco tiempo de haber renunciado, su esposa mejoró. Las cosas iban bien, así que entusiasmado sumó 50 hectáreas más a su proyecto agrícola, aunque seguía siendo una relación a distancia. Su prioridad era acompañar a su esposa a sus recurrentes visitas al médico, después de superar otro cáncer.

Sin embargo, meses después, la enfermedad los golpearía por quinta y última vez. Una mañana, Sonia despertó con una hemorragia y el diagnóstico fue lapidario: había reaparecido el cáncer, pero ahora estaba en estado terminal. En dos meses, murió. “Ella era mi cable a tierra…, y me dije, ¿qué hago?, ¿me pongo a llorar o reinvento mi vida?”, dice.

—¿Y qué pasó? 

—Renací con el campo.  

 

Han pasado cuatro años desde entonces, desde que volvió a conectarse con su sueño de infancia. En honor a su familia, bautizó su sociedad agrícola como “Romaso”. Ro por Roberto, él y su hijo se llaman así; Ma por Macarena, su hija mayor, y So por Sonia, su difunta esposa y su otra hija.

Ahora, a sus 70 años, se declara totalmente “absorbido” por este proyecto. Aunque admite que es la única forma de que las cosas resulten bien. “No descanso ni un día. El campo es muy demandante, requiere estar con los dos pies en la tierra, conversar con tu gente y escucharlos”, comenta.  

Al poco andar, y también como una forma de reinventarse y salir adelante, decidió incursionar en el mundo de los cerezos. Una gran apuesta, pues no sabía nada del cultivo.

Por lo mismo, partió solo con 2 hectáreas, más que nada para probar, y asistió a todas las conferencias gratuitas que encontró en internet para aprender de cerezos. “Siempre fui muy copuchento. Sabía de maíz, de trigo, pero de plantaciones bien poco”. Esa curiosidad y aprendizaje, finalmente, se transformaron en 7 hectáreas de cerezo, las que rápidamente se expandieron a las 24 hectáreas que tiene actualmente, cuya fruta exporta.

—¿Cómo fue reinventarse a los casi 70 años?

—Es difícil, pero creo que nunca es tarde para dedicarse al campo. Yo lo tomo como un nuevo desafío. Es partir de cero, lo que me da gran vitalidad.

—¿Qué ha sido lo más difícil?

—La falta de mi señora. Trabajábamos codo a codo y me entusiasmaba a seguir adelante. También lo ha sido la soledad. Las personas del campo se van a las 5 de la tarde. Entonces, llegas a la casa y te encuentras con seis paredes. ¡Pero el campo es vida! El campo me ha ayudado a sentirme vital. Veo a muchas personas de 70 años apagadas, y yo me levanto temprano, voy al campo, ando a caballo, ando en moto…, al final la vitalidad te lo dan las ganas de hacer cosas, la naturaleza.

—¿Cómo fue pasar de ser banquero por cuatro décadas a agricultor?

—Ambas experiencias han sido muy gratificantes. Trabajar en el banco, además, me hizo ser una persona muy ordenada, y en el campo el orden es fundamental.

—Los últimos años han sido difíciles para los cereceros…

—Sí, pero nuestra calidad de fruta es por sobre la media y somos muy buenos exportadores. Nuestra fruta, gracias a nuestro clima, siempre será bien cotizada. 

—¿Y qué falta?

—Creo que, para los gobiernos en general, la agricultura no ha sido un tema importante. Pese a que somos la segunda fuente de ingreso del país. Necesitamos más regulación y encausar mejor este negocio. Chile debiera ser una lumbrera en el resto del mundo, debiésemos potenciar más nuestra imagen exterior para que cada año la fruta chilena tenga más prestigio.

—¿Qué recomendación le darías a alguien que quisiera invertir en el campo hoy?

—Cuesta mucho recomendar algo. Pero siempre he dicho que primero hay que probar. Partir con poco y, de acuerdo con eso, ir creciendo. El primer error es partir a lo grande sin conocer cómo funciona cada proceso, desde la plantación hasta la cosecha. Y lo otro es asesorarse bien.

—¿Te gustaría seguir creciendo?

—No quiero ser el más grande. Quiero ser chico, pero bueno. Un ejemplo de campo. Este es mi proyecto de vida. Con mi señora y mis hijos nos propusimos tener un campo bonito.

 —¿Y qué pasó?

—Lo estamos logrando.

 

 

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