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Sergio Carvallo, experimentado asesor, y Nicolás, ingeniero especializado en tecnología, se unieron para enfrentar un problema que se repite: miles de hectáreas cuentan con este sistema para regar, pero su operación aún depende de la intuición y no de datos. Por eso, crearon un sistema de precisión que permite monitorear cada válvula en tiempo real, detectar fallas y asegurar que la inversión instalada se traduzca en resultados.

Cuando Sergio Carvallo comenzó su carrera profesional en riego, a fines de los años 70, la lógica era simple: se abría la válvula, se calculaban las horas y se confiaba en la experiencia del operador. La calicata era el veredicto final. Si el suelo estaba húmedo, el riego había sido bueno; si no, había que ajustar. “Era otra realidad; había agua y muy pocos se preguntaban cuánta eficiencia se podía lograr”, recuerda.

Hoy el contraste es evidente. Chile ha invertido y tecnificado miles de hectáreas, pero en demasiados campos la operación sigue dependiendo de la intuición. No siempre se mide presión, caudal, apertura de válvulas o cumplimiento de los turnos programados. Y sin esa información, es difícil asegurar que la inversión rinda en producción.

Sergio conoce esta brecha mejor que nadie. Ingeniero agrónomo de la Universidad Católica, con especialidad en riego, suelos y nutrición, ex jefe nacional de Riego de INDAP y uno de los pocos asesores en Chile dedicados exclusivamente a esta disciplina, ha visto la misma escena repetirse en grandes frutícolas, predios medianos y pequeños agricultores: sistemas modernos que, operados sin control permanente, no entregan su verdadero potencial.

Su hijo, Nicolás Carvallo, creció escuchando ese diagnóstico. Sin embargo, eligió entrar al problema desde otro ángulo: la tecnología. Ingeniero Civil Industrial Eléctrico de la Universidad Católica y Master of Science en Telecomunicaciones del Instituto Tecnológico de Turín, Italia, comenzó preguntándose por qué la industria aceptaba como “inevitable” algo que se podía medir. Si en tantos campos las pérdidas de eficiencia se repetían, ¿por qué no automatizar su detección en lugar de depender únicamente del operador?

De esas preguntas surgió el proyecto que luego se transformó en Telaqua, empresa fundada por Nicolás en Francia y representada en Chile por Agromonitoreo SpA, que él y Sergio crearon juntos. No se trató de una idea de laboratorio, sino del cruce natural entre la vida profesional de su padre en terreno y el desarrollo de soluciones tecnológicas. “Hay un cambio generacional en el campo”, dice Nicolás. “La gente joven quiere ver datos, quiere saber qué ocurrió cada día, quiere trazabilidad”, suma.

Cómo funciona la tecnología

El sistema se instala directamente en bombas, filtros y válvulas, sin necesidad de cableado, alimentado con pequeños paneles solares. Los dispositivos registran presión, caudal real y si la válvula abrió o no. Si el sistema detecta una variación importante –por ejemplo, una caída de presión o una válvula que no se accionó–, el aviso llega al celular del administrador.

El resultado es un riego con trazabilidad diaria y verificable. Nicolás lo pone en términos prácticos: si ocurre un error, el productor puede saber exactamente cuándo se produjo y por qué. “Lo importante es que el problema no se descubra dos semanas después con la planta estresada, sino al día siguiente, cuando aún se puede corregir”, explica.

Su padre refuerza esa idea desde la experiencia. “Si la producción se cae, en el 90% de los casos el riego está involucrado, pero no siempre se puede demostrar. Con datos, ya no dependes de la interpretación, sino que puedes ver qué pasó cada día”, plantea.

Con esta tecnología, sostienen, el riego deja de ser una operación sostenida en la experiencia y pasa a ser una actividad gestionada con evidencia. Y eso, en un contexto de costos crecientes y menor disponibilidad hídrica, puede marcar la diferencia entre un equipo que “funciona” y uno que entrega realmente el retorno que prometía sobre el papel.

“Necesitamos información, no impresión

Para Sergio, quien trabaja en diversos países asesorando predios en temas de riego, sobre todo realizando diagnósticos y detectando problemas de gestión, esto no se trata de modernismo, sino de gestión. “Jeff Bezos decía que su negocio debía funcionar igual de bien estando él de vacaciones. En el campo, muchas veces el riego funciona bien solo si cierto operador está ahí. Y eso no es sostenible”, señala.

Tras décadas recorriendo predios, el asesor ha visto lo mismo repetirse en campos, muchos de ellos grandes: el sistema está instalado, pero no siempre funciona como fue diseñado. Para profundizar en este diagnóstico, conversamos con él sobre los desafíos técnicos que hoy enfrenta el riego en Chile y qué se requiere para llevarlo a una operación realmente profesional.

—¿Cuál es, a su juicio, la principal deuda del riego tecnificado en Chile hoy?

La instalación avanzó rápido, y eso es positivo, pero la correcta operación no lo hizo al mismo ritmo. Mucha gente cree que tener un buen sistema de riego tecnificado es suficiente, pero sin medir presión y caudales no hay cómo garantizar que ese diseño se está ejecutando correctamente. Se invierten miles de dólares por hectárea y luego se deja la operación entregada al ‘yo creo que se regó bien’. Esa es la brecha real”.

—¿Por qué es tan crítico medir presión y caudal, y no solo cumplir horas de riego?

“Porque el agua no siempre llega con la presión diseñada. Una válvula parcialmente cerrada, una pérdida en la tubería o una bomba trabajando forzada pueden estar restando agua a un sector completo sin que nadie lo note. Dos calicatas a pocos metros de distancia te pueden mostrar un suelo saturado y otro seco dentro del mismo cuartel. Y si eso ocurre durante toda la temporada, el resultado es menor producción y una sensación de que el sistema “no funcionó”, cuando el problema fue de operación, no de diseño”.

—¿Qué impacto productivo genera una operación deficiente?

“Mayor costo por tonelada producida, menor calibre, menor rendimiento y, en frutales, también riesgos de estrés que comprometen la temporada siguiente. Muchas veces la agricultura asume esos resultados como inevitables, pero no son azar: son la consecuencia directa de no controlar variables clave. Un error de veinte minutos diarios, repetido por 150 días, es una mala temporada. Y en muchos campos, ese error ocurre sin que nadie se entere”.

—¿Cómo cambia la toma de decisiones cuando se cuenta con trazabilidad del riego?

“Se profesionaliza. Ya no depende de la memoria del operador ni de si alguien tuvo tiempo para recorrer el campo. La gerencia puede saber si se cumplió el plan de riego, si alguna válvula falló o si un sector quedó sin aplicación. Y cuando un resultado productivo no es el esperado, la conversación cambia. Se puede decir: ‘regamos de esta manera, con esta presión y estos caudales, y los datos muestran tal cosa’. Necesitamos información, no impresión”.

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