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Del riego a la cosecha: cómo la inteligencia artificial está redefiniendo las decisiones en el agro

Monitoreo continuo de animales, predicción de riesgos sanitarios y automatización de procesos administrativos son algunos de los usos que hoy impulsa esta tecnología en el sector. Su potencial es alto, señalan expertos, pero su implementación aún es incipiente.


La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana para el agro. Está en los sensores que miden la humedad del suelo, en los drones que recorren los potreros y en los sistemas que ordenan la contabilidad de una temporada. Sin embargo, su verdadero impacto no radica solo en la tecnología disponible, sino en la capacidad del sector para generar datos de calidad, interpretarlos y, sobre todo, confiar en ellos.

En terreno, la IA comienza a desplegar su mayor valor en la capacidad de observar, interpretar y actuar. Cecilia Gutiérrez, Jefa de la Unidad de Proyectos de la agencia FIA (Fundación para la Innovación Agraria), da un ejemplo: “A través del reconocimiento de imágenes (diferentes estados del desarrollo y fisiología de las especies) se pueden optimizar maquinarias que hacen el reconocimiento en terreno y gatillan una acción de control, por ejemplo, en el control de malezas”.

Este principio se replica en distintas etapas del ciclo productivo. En cosecha, otro ejemplo, la alianza de la agricultura de precisión y la IA, con el uso de cámaras multiespectrales permite identificar variables clave para adelantar, atrasar o detener el proceso. “A través de la IA se puede modelar los datos obtenidos del terreno y para el reconocimiento e identificación de elementos relacionados directamente con el índice de madurez como son color, tamaño, contenidos de azúcar y acidez y materia seca”, agrega Gutiérrez.

En paralelo, comienzan a consolidarse herramientas que integran estas capacidades en soluciones concretas. Es el caso de la empresa tecnológica Miido, cuyo trabajo apunta a acompañar a las empresas agrícolas en su transformación digital, conectando distintas fuentes de información —sensores, riego, monitoreo de plagas o registros históricos— para construir una base de datos estandarizada sobre la cual operan agentes de inteligencia artificial.

En ganadería, el cambio es igualmente llamativo. Luis Porras, CEO de Ganader IA, explica que el uso de la inteligencia artificial ya permite pasar de un manejo de animales basado en observación esporádica a uno continuo y sustentado en datos”. Variables históricamente difíciles de medir, como el peso animal o el comportamiento del rodeo, hoy pueden monitorearse de forma constante. En esa línea, cuenta que la empresa utiliza drones y modelos de IA para pesar y contar animales directamente en las pasturas, sin necesidad de movilizarlos.

Decidir mejor, producir más

La promesa más concreta de la IA está en la toma de decisiones.

“La principal ventaja de la inteligencia artificial es que permite transformar la toma de decisiones, pasando de un enfoque intuitivo a uno basado en información objetiva y en tiempo real”, afirma Porras.

Desde el ámbito de la gestión, Diego González, CEO de Defontana, pone el foco en un aspecto menos visible: “Saber cuánto te costó realmente la temporada, tener la facturación al día, no perder plata por una cobranza mal gestionada. Eso suena menos glamoroso que monitorear cultivos con IA, pero es lo que separa a un productor que sobrevive de uno que crece”. Algo que se vuelve especialmente relevante en temporadas con liquidaciones por debajo de lo esperado.

En esa línea, cuenta que Defontana ofrece plataformas que integran facturación, remuneraciones, flujos de caja y cobranza, incorporando agentes de IA que automatizan tareas administrativas y permiten visualizar el negocio en tiempo real.

La eficiencia también se expresa en el tiempo. “Tenemos clientes que antes dedicaban dos o tres días a cerrar la contabilidad del mes. Hoy lo hacen en horas, con información que además les dice dónde se están yendo los costos”, suma González.

En la agroindustria, los beneficios pueden ser igualmente tangibles. Nicolás Castellón, CEO de Miido, señala: “Según nuestra experiencia, hemos observado que se pueden ahorrar y reducir costos hasta en un 30% en mano de obra, es decir, en insumos, en la aplicación de agroquímicos o en los rendimientos”.

A su juicio, más que grandes transformaciones, muchas veces el impacto está en evitar errores acumulativos. “En la agroindustria, al final, lo que suele ocurrir es que se cometen muchos pequeños errores durante el año que se repiten y que son medidas invisibles que no matan toda la cosecha, pero sí la arruinan”, advierte.

Desafío en los datos y otras barreras

El uso de la IA suena muy atractivo, pero si hay un consenso transversal entre quiénes se dedican a su aplicación en el agro u otros sectores, es que este tipo de inteligencias necesita datos.

“La IA para ser efectiva necesita una gran cantidad de datos, y la calidad del dato también es fundamental”, plantea Gutiérrez. Sin embargo, la base aún es débil. “Seré honesto: la mayoría no está lista todavía”, reconoce González. “La información financiera vive en cuadernos o en planillas que nadie más puede leer”.

Castellón es aún más directo: “No estamos preparados en absoluto”. Y agrega que “no existe estandarización de datos”, lo que dificulta implementar soluciones efectivas.

La conectividad rural, por otra parte, también sigue siendo una limitante, pero no es la única. “Las barreras en competencias digitales y conectividad en el uso de instrumentos puede ser importante para la adopción”, dice Gutiérrez, quien también advierte sobre la importancia de validar las recomendaciones.

Desde la experiencia empresarial, González introduce otro elemento: “la desconfianza acumulada”. “Muchos productores han escuchado antes que ‘esta tecnología va a cambiar todo’ y la experiencia no cumplió la promesa”, plantea.

Castellón, en tanto, apunta a la dificultad de medir el retorno, es decir, que “no se entienda cuánto me reportará la compra de este software o tecnología”.

IA frente a un agro más incierto

Una variable que no queda fuera es la escasez hídrica y la variabilidad climática, donde la IA puede ser un gran aporte al permitir anticiparse.

“La participación de la IA en la búsqueda de soluciones tiene una característica clave que es la ‘oportunidad’: utiliza datos en tiempo real, permitiendo la consulta ágil y toma de decisiones inmediatas eficientemente”, explica Gutiérrez.

En ganadería, esto se traduce en decisiones más estratégicas. “Frente a la escasez hídrica es posible ajustar la carga animal en función de la disponibilidad forrajera estimada”, señala Porras.

Castellón también aporta un ejemplo concreto: “La IA, por lo tanto, es proactiva: te alerta y te indica cómo comprar el producto adecuado”.

Mirando hacia adelante, el consenso es claro: en los próximos años se vería un agro cada vez más digitalizado, automatizado y orientado a la predicción.

“En los próximos 10 años, veo mucha menos gente en cada campo, mucha menos gente trabajando, muchos más robots, mucho más control y mucha más precisión”, proyecta Castellón. Aunque para González “la tecnología debería liberar, no reemplazar”.

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La cereza en tiempos de ajuste: las lecciones que dejó la crisis del kiwi en los años 90

El director ejecutivo de Abud & Cía., Christian Abud, ha vivido desde dentro dos momentos complejos para la fruticultura chilena: la crisis del kiwi en los años 90 y el escenario actual de la cereza. Desde su experiencia, plantea que el sector debe avanzar hacia una mayor coordinación, revisar costos a lo largo de toda la cadena y tomar decisiones técnicas con información precisa para enfrentar los próximos años.

La fruticultura chilena ha atravesado distintos ciclos a lo largo de su historia. Algunos han estado marcados por períodos de expansión acelerada y otros por momentos de ajuste, donde el mercado obliga a replantear estrategias productivas, comerciales y de gestión.

Christian Abud, director ejecutivo de Abud & Cía. —empresa productora de kiwi y cerezas, además de asesora I+D y comercializadora— ha sido testigo directo de dos de esos momentos: la crisis que vivió el kiwi en la década de los 90’ y las dificultades que hoy enfrenta la cereza.

Con una mirada experimentada, reflexiona sobre las similitudes y diferencias entre ambos procesos para rescatar aprendizajes, así como sobre los desafíos que hoy enfrenta el sector cerecero.

—Han vivido tanto la crisis del kiwi en los años 90 como la situación actual de la cereza. ¿Qué similitudes y diferencias observan entre ambos procesos?

Nosotros lo hemos vivido en toda su plenitud como productores, asesores y comercializadores. Lo que más se acerca a ambas crisis es que, cuando el precio del kiwi cayó abruptamente, gran parte de la fruta se comercializaba en Europa. Era un monomercado, como ocurre con China y la cereza.

Pero son productos muy diferentes en varios aspectos. Por ejemplo, el kiwi se puede guardar, por lo tanto, al año siguiente se estableció un programa de guarda más agresivo para no concentrar la venta en cuatro semanas. En cambio, la cereza no se puede guardar, es un producto muy delicado en cuanto a su vida de poscosecha.

Por otro lado, el mundo cambió mucho. El grupo etario que consume fruta actualmente es distinto, y la posibilidad de nuevos mercados en el caso del kiwi es muy grande. Por eso, el kiwi hoy cambió su escenario.

—Se suele decir que uno de los factores de la situación actual de la cereza fue el fuerte aumento de plantaciones. ¿Algo similar ocurrió con el kiwi en esa época?

Sí, efectivamente se plantó mucho kiwi, y en cualquier tipo de suelo y zona. Claramente, hubo muchos huertos que tenían producciones muy bajas, pero que a tres dólares el kilo funcionaban. Cuando vino la crisis, esos huertos desaparecieron o quedaron rezagados.

Se produjo una explosión de plantaciones, que es una similitud en ambas especies. Pero hay otras diferencias importantes: el boom del kiwi duró unos cuatro años, mientras que en la cereza tuvimos más de una década de bonanza.

Eso permitió que algunos productores miraran el negocio a largo plazo y dijeran que en algún momento esto iba a bajar. Pero era difícil frenarse, porque la cereza cumplía todos los récords: cuando se hablaba de producir 20 millones de cajas se pensaba que iba a pasar algo, y no pasó nada; después, 40 millones, y tampoco; luego 80 millones, y seguíamos con precios de cuatro dólares.

—Mirando en retrospectiva, ¿qué aprendizajes del kiwi podrían dar luces hoy al sector cerecero?

Lo primero fue llegar a un nivel productivo que permita sortear precios más bajos. Es decir, producir volumen y calidad suficientes para sobrevivir en un escenario de retornos más restringidos.

También fue muy importante desarrollar una cultura propia de manejo del kiwi. No copiar lo que se hacía en Nueva Zelandia o Italia, sino construir una identidad productiva local. El Comité del Kiwi ayudó mucho a consensuar parámetros básicos de cosecha que antes no estaban claros en la industria.

Otro aspecto fundamental fue definir las ecozonas o “terroirs kiwícolas”, ya que el kiwi es una especie que tiene mayores exigencias edafoclimáticas que muchas otras especies frutales.Eso permitió mejorar la calidad del producto y avanzar hacia un kiwi cada vez mejor.

—¿Qué está ocurriendo hoy con la cereza desde el punto de vista productivo y de mercado?

En cereza tenemos claro qué hay que producir, pero esta temporada dio una señal que nunca habíamos visto: los calibres grandes, que eran el refugio para pasar la barrera de los dos dólares —que es más o menos el costo de producción— en algunos casos terminaron vendiéndose parecido o levemente superior que el calibre jumbo.

Eso rompe un paradigma y nos deja en una situación compleja, porque seguimos dependiendo de un monomercado y existe potencial para producir 150 millones de cajas.

Gran parte de la cereza de diciembre está en una situación compleja, incluso habiendo restringido producción, mejorado calibres, calidad y firmeza.

—En ese escenario, ¿cuándo conviene seguir apostando por un cultivo y cuándo es mejor tomar decisiones más drásticas?

Nosotros como compañía tenemos 240 hectáreas de cereza y creemos que vamos a quedar con 180. Lo primero es desactivar cuarteles con producciones bajo 10.000 kilos, que ya pagaron la inversión o que tienen variedades que el mercado no quiere. Este proceso lo iniciamos con fuerza la temporada pasada.

Cuando la caja está ajustada y el negocio es incierto, hay que refugiarse en los cuarteles que representan las mejores unidades de negocio en términos productivos y comerciales. Es duro decirlo, pero es la realidad.

Los que podamos aguantar, yo creo que vamos a llegar a un nuevo punto de equilibrio. Pero van a salir muchos actores y proyectos del negocio. Nosotros creemos que ese proceso puede durar no menos de tres años.

—También mencionas que el problema no solo está en la producción, sino en la cadena completa.

Exactamente. Hoy hay que analizar los costos desde el FOB hasta el retorno al productor dentro del sistema exportador.

Seguir pidiéndole más esfuerzos al productor es difícil, porque ya se hicieron muchos. Entonces, hay que mirar otros eslabones de la cadena: las cartoneras, las empresas de plástico, las químicas y todo lo relacionado con los costos de packing.

En China, la cereza ya no es el regalo que era antes, como una caja de chocolates. Quizás no necesitamos embalajes tan sofisticados en todo el período de venta. En ambos frentes hay centavos de ahorro que traspasados al neto productor pueden ayudar mucho en estos años que van a ser duros.

—En los años 90 el kiwi impulsó mayor coordinación entre productores, exportadoras y técnicos. ¿Crees que hoy la cereza necesita algo similar?

Sí, absolutamente. Este año hicimos grandes esfuerzos: bajar kilos por hectárea, mejorar calidad, mejorar firmeza. Y aun así la fruta se terminó rematando a precios que da pudor contar.

El sistema exportador tiene que ordenarse más. Actualmente, hay más de 300 exportadoras de cereza. Soy fanático del libre mercado, pero ordenado, que permita hacer sostenible el negocio. Creemos también que el comité de cerezas debe tener un rol más activo en todo esto.

—¿Quién debería liderar ese proceso?

Lo que hay que hacer es un comité de crisis. Ese comité debería convocar al ministro de Agricultura, a la SNA, a representantes de exportadoras, a Frutas de Chile, a técnicos y también al mundo de la poscosecha. Y trabajar hasta llegar a una propuesta que tenga la mayor adhesión posible. Hoy hay mucha desorientación y cuando eso ocurre se toman malas decisiones.

—¿Qué tipo de información es clave para que los productores tomen decisiones en este escenario?

Lo primero es tener las cuentas claras. Parece obvio, pero no siempre lo es. Hay que analizar cada cuartel del campo como una unidad de negocio: productividad, curvas de calibre, calidad de fruta, variedades, suelos. Eso permite decidir qué huertos seguir manejando y cuáles no.

A nivel industria también es importante intentar tener los resultados de la temporada lo antes posible, porque eso permite planificar mejor.

—¿Qué rol puede jugar la tecnología en este proceso?

Siempre se habla de inteligencia artificial y de modelos de predicción. Eso puede ayudar, pero para eso se necesita una buena base de datos. Predecir el mercado no es fácil, porque cambia mucho durante la temporada. Pero mientras mejor información tengamos, mejores decisiones se pueden tomar.

Kiwi y cereza: dos momentos de ajuste en la fruticultura chilena

AspectoKiwi en los años 90Cereza en la actualidad
Expansión del cultivoFuerte aumento de plantaciones durante los años 80.Crecimiento acelerado de superficie en la última década.
Dependencia de mercadosAlta concentración en Europa.Alta dependencia del mercado chino.
Oferta vs demandaAumento de producción generó presión en los precios.Mayor volumen exportado tensiona logística y mercado.
Respuesta del sectorMejora de estándares, coordinación y manejo técnico.Debate sobre coordinación sectorial y ajuste de estrategias productivas.
Situación actualMercado más diversificado y con consumo creciente en varios países.Sector en proceso de ajuste productivo y comercial.
2026

Chile como potencia avellanera: crecimiento sostenido, nuevas tecnologías y el reto de mantener la “cara limpia”

Con 114 mil toneladas de producción y la proyección de llegar a 80 mil hectáreas al 2030, el país afianza su posición como segundo productor mundial de avellano europeo, desplazando a Italia. Expertos coinciden en que el cultivo vive un momento auspicioso, pero advierten que la clave será sostener calidad, sustentabilidad y rigor técnico.

En menos de una década, el avellano europeo pasó de ser una alternativa emergente a transformarse en uno de los pilares de la fruticultura chilena. Viveristas, asesores y productores coinciden en que hoy la industria vive un punto de inflexión: alta demanda, plantaciones en expansión, interés internacional y retornos atractivos que vienen impulsando nuevos proyectos.

Chile ya aparece en el podio global. La última cosecha cerró en 114 mil toneladas, consolidando al país como segundo productor mundial, superando a Italia y quedando solo detrás de Turquía. “Somos parte del hemisferio que está diversificando la oferta mundial, ofreciendo estabilidad, contra estación y un modelo de producción moderno y sostenible. Chile ya no es una promesa: Chile es país de avellanas”, afirma Rodrigo Viñambres, presidente del Comité del Avellano, y suma “Chile ya es un país de avellanas”.

El fenómeno no es casual. Mientras Turquía, Italia y España enfrentan problemas de clima, plagas, menor disponibilidad de agua y menor mecanización, los productores chilenos han elevado sus estándares. La mecanización, la inversión en secado, la mejora de plantas de proceso, la incorporación de genética más moderna y el trabajo técnico constante han permitido que la fruta chilena gane terreno y preferencia en los mercados internacionales.

Un mercado que mira a Chile

La demanda global también ha cambiado el escenario. Turquía, pese a producir 460 mil toneladas, enfrenta restricciones fitosanitarias y productivas que están afectando su competitividad. Italia, históricamente un referente, ha visto caer sus rendimientos por problemas de clima, chinche asiático y falta de agua.

En este contexto, la homogeneidad productiva chilena se ha convertido en un sello. “Somos un nicho muy atractivo para el mundo. La fruta chilena es pareja, con muy buenas propiedades organolépticas y con estándares de entrega cada vez más altos”, sostiene Joaquín Delorenzo, socio y gerente de producción e I+D de Vivero Cuatro Vientos.

El interés internacional también se ha intensificado. Viñambres comenta que incluso empresas de Canadá han iniciado contactos para explorar acuerdos comerciales. Andrés Reyes, director del Grupo Avexa, agrega para el año 2025-2026 se espera un incremento de nuevos productores interesados en el establecimiento del avellano, principalmente por la facilidad de la mecanización, estabilidad económica del precio, aumento en el interés de esta fruta, y por la estabilidad comercial que ha entregado Ferrero en los últimos 15 años.

La proyección del presidente del Comité del Avellano es clara: Chile podría alcanzar 80.000 hectáreas hacia 2030, con una producción cercana a 130.000 toneladas, manteniéndose sin dificultad como segundo productor mundial. Solo para 2025 y 2026 anticipa un incremento de 5 mil hectáreas adicionales, especialmente en Maule, Ñuble, Biobío y La Araucanía.

En la Región de Ñuble, el productor Tomás Viñuela ha observado un crecimiento simultáneo en resultados productivos y comerciales. La subida de precios internacionales, impulsada por la situación en Turquía, sumada al crecimiento natural de los huertos ya establecidos, ha permitido ampliar la superficie y avanzar hacia una mayor mecanización. “Hemos seguido aumentando la superficie para lograr una masa crítica y aprovechar suelos donde el avellano es competitivo. También hemos invertido en maquinaria para mejorar y eficientar los manejos del huerto y la cosecha”, comenta.

Viñuela sostiene que el camino para mantener la rentabilidad a largo plazo pasa por conservar buenos precios, proteger la sanidad del huerto y utilizar fertilizantes y bioestimulantes de manera eficiente para sostener producciones altas y constantes.

Plantas de mayor rendimiento

La velocidad de expansión del cultivo ha ido acompañada por una transformación profunda en el viverismo. En el Maule, Vivero Cuatro Vientos comenzó hace una década ofreciendo plantas de estaca ante la escasa y heterogénea oferta disponible en el país. Sin embargo, la industria cambió, y la actual transición hacia plantas in vitro ha marcado un punto de inflexión. “Partimos con un 10% de in vitro. Este año estaremos en 50% y el próximo en 90%. Para 2027 esperamos superar el millón de plantas”, describe Delorenzo.

El vivero trabaja con material propagado por meristema, libre de virus y bacterias, y seleccionado desde huertos locales de alto rendimiento donde se identificaron árboles que consistentemente produjeron sobre la media. La homogeneidad que ofrece este tipo de planta permite, según explica Delorenzo, aumentos de entre 15-20% por factor de planta in vitro y eso puede aumentar considerando la selección del material. A esto se suma el desarrollo de programas fitosanitarios más rigurosos y de líneas de selección local que buscan adaptar mejor las plantas a las condiciones del país.

Los desafíos por delante

Como todo avance de cultivos, el del avellano europeo viene acompañado de desafíos crecientes. Para Andrés Reyes, el principal riesgo técnico hoy se relaciona con el estrés climático. La diferencia entre temperatura y humedad ambiental, especialmente en zonas como el Maule, provoca estrés oxidativo, radiativo e hídrico, afectando la floración, las reservas de la planta y la productividad futura. Por eso, afirma, el foco debe estar en “mantener plantas activas mediante estrategias de bioestimulación foliar y radicular, en suelos bien descompactados que permitan un mejor uso del agua y en tecnologías que permitan enfrentar climas más extremos”.

La sanidad es otro punto crítico. Viñambres advierte que el chinche asiático representa una amenaza severa y que la barrera sanitaria es hoy una prioridad para el Comité del Avellano en su trabajo conjunto con el SAG. “Esta es una amenaza seria, podría ser la muerte de la avellana en Chile. Por esto, la prevención es fundamental y ha sido un aspecto relevante del trabajo como gremio”, señala Viñambres, insistiendo en que la prevención es clave.

El manejo técnico también ha evolucionado. La nutrición basada en análisis integrales del suelo, la poda constante para evitar emboscamiento y el control de plagas como cabritos, pulgones, ácaros y chinches se han transformado en prácticas decisivas para alcanzar rendimientos que hoy pueden llegar a 3 o 3,5 toneladas por hectárea en huertos bien manejados. La trazabilidad, la certificación y la calidad se proyectan como elementos esenciales para abrir nuevas líneas comerciales.

El riesgo del crecimiento sin orden

Los especialistas consultados coinciden en la importancia de evitar errores que ya se han visto en otros frutales. Viñambres recuerda el caso de las cerezas, donde la falta de acuerdos y la presión por exportar calibres pequeños deterioraron resultados. “La invitación es a trabajar juntos con profesionalismo y visión compartida, mantener la imagen país y no perder la calidad del cultivo”, afirma.

El Banco Mundial, advierte, ha puesto especial atención en temas de trazabilidad, deforestación y uso de suelos, por lo que mantener el estándar ambiental es hoy una responsabilidad ineludible.

En el viverismo, Delorenzo observa otro error recurrente: la prisa. Muchos productores quieren plantar en un año sin mucha planificación y optan por material no certificado o implementan riego y preparación de suelos sin diagnósticos técnicos. “Hacer el proyecto con tiempo es clave”, sostiene.

Pese a los desafíos, la percepción es unánime: el avellano seguirá creciendo, considerando que el consumo mundial aumenta entre 6% y 8% anual. Las plantaciones ya se distribuyen desde Curicó hasta Osorno y el requerimiento hídrico, de cerca de 5.600 m³ al año, se considera manejable en comparación con otros frutales.

La industria, añade Reyes, está lejos de enfrentar un mercado incierto. La combinación de tecnología, interés internacional, estabilidad comercial y calidad de fruta mantiene a Chile en una posición de liderazgo.

El desafío ahora —insisten todos— será sostener ese liderazgo con sustentabilidad, coordinación gremial y decisiones técnicas tomadas con anticipación. El país ya es protagonista del mercado mundial de avellanas, y lo que viene dependerá de cómo gestione ese lugar.

2026

El boom mundial del pistacho y su efecto en Chile: ¿oportunidad o sobreexpectativa?

La tendencia global —acelerada por el chocolate viral de Dubái— impulsó un alza histórica en los precios y mayor interés por el cultivo. En el país el movimiento es incipiente: crecen las consultas y algunos proyectos, pero el desarrollo productivo sigue limitado por costos, manejo y falta de infraestructura.


En el último año, el pistacho ha ganado una visibilidad global inesperada. El popular chocolate de Dubái —una mezcla de cacao y crema de pistacho que se volvió viral en redes sociales— empujó a panaderías, heladerías y chocolaterías a replicarlo en distintos países, generando una mayor demanda por el fruto seco. Combinado con una mala cosecha en Estados Unidos, el principal productor mundial, el resultado fue una presión sobre la oferta y un alza en los precios internacionales.

Según Financial Times, el precio por libra subió un tercio entre 2024 y 2025, pasando de US $7,65 a US $10,30, reflejo de una demanda que crece más rápido que la superficie plantada. Lo que se inició como una tendencia en redes sociales, terminó empujando al pistacho no como un snack, sino que como un insumo.

Sin embargo, ese movimiento global no ha provocado un cambio estructural en Chile. El país sigue teniendo una superficie reducida —157 hectáreas según ODEPA en 2024— y un desarrollo aún experimental. La industria local ha observado más consultas, pero sin un salto masivo en nuevas plantaciones ni señales de que el boom viral esté empujando proyectos de manera decisiva. En términos simples, el mundo está acelerado; Chile, no. Aunque eso no significa que no exista un potencial hasta ahora poco aprovechado.

Daniela Canessa, ingeniera agrónoma y gerente de producción y logística del Vivero Limache, señala que ha notado un mayor interés y consultas sobre este cultivo, aunque matiza el fenómeno. “Este último año ha habido más consultas respecto de plantas de pistacho, principalmente de agricultores pequeños y medianos, en zonas con déficit hídrico o buscando alternativas al almendro, nogal, viñedos o uvas. Se han acercado para pedir información técnica y de disponibilidad”, señala.

No obstante, Canessa recalca que el movimiento sigue siendo moderado. “Es un cultivo incipiente; falta mucha investigación e información sobre las variedades a utilizar en las distintas zonas de Chile”, afirma. El vivero trabaja con portainjertos modernos como UCB1 y está reforzando su oferta, pero la lentitud natural del cultivo —que demora siete a ocho años en llegar a producción comercial— cree que frena cualquier expansión masiva. Es uno de los frutales que más se demora en recuperar la inversión”, subraya. El portainjerto clonal o alternativas nuevas, suma, podrían generar mayor precocidad de producción.

Chile y sus condiciones favorables

Para Juan Cabrera, gerente general de la empresa Pistachos JM, dedicada a la producción, desarrollo y asesoría del cultivo del pistacho, también observa un interés que avanza por este fruto seco, pero sin vínculos directos con el fenómeno del chocolate. “Sí aumentaron los proyectos, pero no por la moda o el chocolate de Dubái. Es porque el pistacho es considerado un alimento con muchas propiedades, además de tener un buen mercado económico”, sostiene.

Sus estimaciones sobre superficie plantada son más altas que las cifras oficiales de ODEPA. Señala que “hoy hay aproximadamente 2.000 hectáreas, desde pequeños a grandes agricultores. Se está creciendo al orden de 40 a 50 hectáreas anuales”. Pero coincide en que la mayor parte son huertos jóvenes o en etapa de evaluación.

Para Cabrera, el potencial climático es claro, con zonas favorables que van desde Coquimbo hasta sectores de la zona centro-sur, siempre que no existan napas altas. Pero insiste en que la clave está en el manejo y la selección varietal. Dice que la producción parte recién en el quinto año con 300 kg/ha y escala lentamente. “La poda es lo más importante, y es difícil hacer entender a los agricultores”, afirma.

Desde lo comercial, asegura que el interés internacional existe, pero sigue siendo incipiente. “Aumentó el interés, pero porque el pistacho chileno es más sabroso”, comenta, destacando atributos organolépticos, aunque esto aún no se traduce en una demanda significativa.

Cristián Díaz, ingeniero agrónomo del Fundo Miraflores, ubicado en Codegua, ha visto el desarrollo productivo desde dentro. Para él, el país sigue en una fase temprana. “El mercado del pistacho es bastante pequeño y las producciones, en algunos huertos, son sus primeras cosechas; nada muy significativo hasta el momento”, afirma.

El añerismo ha sido uno de los principales desafíos. “No hemos podido evitar el añerismo (tendencia del árbol a tener una cosecha muy abundante un año y otra cosecha muy escasa al siguiente), ni que su efecto sea menos marcado”, explica, pese a trabajar con podas destinadas a reducirlo.

En cuanto al boom global, Díaz es categórico: “Ha habido un interés comercial por el pistacho, pero personalmente no se lo atribuyo al chocolate de Dubái, al menos no en Chile”.

Cómo aprovechar el boom

Para que Chile pueda realmente subirse al carro del pistacho, uno de los elementos centrales es cerrar las brechas técnicas que hoy limitan el desarrollo del cultivo.

Daniela Canessa advierte que el país aún está en una etapa de aprendizaje, con poca información local sobre variedades, horas frío, polinizantes y comportamiento en distintas zonas. A esto se suma la necesidad de contar con material vegetal moderno y homogéneo —como portainjertos UCB1 clonales— y de asegurar que las combinaciones entre variedades comerciales y polinizantes sean correctas, y mejorar los manejos técnicos agronómicos para una mejor producción.

Para Cristián Díaz, en tanto, el desafío no pasa solo por el manejo agronómico, sino por la estructura que rodea al cultivo. Aunque reconoce que Chile tiene “condiciones excepcionales” para el pistacho en el norte y centro-norte, afirma que todavía no existe una base productiva capaz de sustentar un crecimiento mayor. “El establecimiento es excesivamente costoso, y los primeros años son duros económicamente”, explica.

A esto se suma la falta de plantas de proceso: “Chile no tiene una red consolidada de plantas de proceso. Todavía es un mercado incipiente sin una red consolidada de comercialización”.

Para Díaz, antes de pensar en una expansión significativa se requiere generar una cadena productiva completa: investigación local, infraestructura de poscosecha, mayor desarrollo varietal y una comercialización organizada. Solo con esa base —coinciden ambos— el país podrá evaluar con realismo si está en condiciones de aprovechar las buenas condiciones climáticas que tiene para el pistacho.

2026

Tecnificación con estrategia: el desafío del riego agrícola en Chile para la próxima década

Aunque la escasez hídrica sigue presente, especialistas coinciden en que el verdadero salto pendiente no es solo tecnológico. El desafío está en usar los datos, la automatización y los sistemas de riego con planificación estratégica, mayor profesionalización y toma de decisiones informada para elevar productividad y eficiencia en el agro.

El manejo del agua sigue siendo un eje de la competitividad agrícola en Chile, pero la discusión ya no se limita al volumen disponible. El país avanza en tecnificación, aunque todavía solo alrededor del 29% de la superficie agrícola cuenta con sistemas modernos de riego. El sector frutícola lleva la delantera. Datos de la Biblioteca Digital del CIREN indican que alrededor del 48.2% de la superficie con frutales usa riego mecanizado (goteo y microaspersión), aunque varía significativamente por región.

En los predios donde sí existe infraestructura, el desafío es otro: utilizarla con estrategia. Andrés Olivos, gerente técnico de Olivos y especialista en riego, sostiene que en la mayoría de los campos no existe un plan claro que defina cómo y con qué objetivos se riega cada temporada.

“La mayoría de los agricultores sabe que el riego representa entre el 70% y el 90% del éxito productivo, pero le dedican apenas un 15% del tiempo de gestión”, advierte, señalando una brecha entre la importancia que se le atribuye al agua y el tiempo real que se invierte en manejarla de manera informada.

Olivos también sostiene que uno de los problemas más frecuentes es la adopción de tecnología antes de definir la estrategia de riego. Chile, señala, es rápido para incorporar sensores, medidores o plataformas digitales, pero no siempre existe un objetivo productivo claro para orientarlos.

“Si no hay estrategia previa, la tecnología queda subutilizada. Muchos, recién al final de la temporada, miran los datos y se dan cuenta de que regaron 30% más o 20% menos, pero ya es tarde para corregir”, explica.

El problema no estaría, como se cree, en los operadores de riego, sino en los niveles de administración y jefatura, que aún no consideran el riego como una decisión estratégica al mismo nivel que la nutrición, la sanidad o la planificación de cosecha.

Experiencia desde el campo

Sergio Massai, gerente de Más Fruits y productor de cerezas, uva y semillas, coincide plenamente. Desde su experiencia, sostiene que la brecha no es solo tecnológica, sino cultural.

“Muchas veces la inversión se hace en equipos de alto nivel que luego terminan siendo operados por personas poco capacitadas, y cuando empiezan las fallas, no se corrige el sistema, sino que se improvisa. Después llega el dueño o el gerente y el problema fue simplemente que la planta no recibió el agua que necesitaba”, señala.

Para él, el verdadero avance está en la capacidad de auditar el campo en tiempo real, desde un computador o un teléfono, sabiendo cuánto se está regando, cuánta evapotranspiración se debe reponer, si existe una fuga, si el filtro necesita limpieza o si una matriz falló.

“Una hora de bomba adicional significa un costo energético real, y ser precisos en el riego impacta en todas las áreas del predio”, afirma Massai.

Massai comenta que en su caso el uso de plataformas digitales ha permitido modernizar sus operaciones en distintos valles. Sensores, estaciones meteorológicas interconectadas, control remoto de válvulas y sistemas de alerta han transformado el riego desde una labor operativa a una tarea de control de procesos, en los cuáles él está muy involucrado. 

Desde su celular, por ejemplo, puede ver todos los cuarteles, planificar riegos nocturnos, organizar turnos sin depender de un operador presente y reducir las horas de parada cuando se presenta una falla. “Es un cambio que también libera al campo de depender exclusivamente de la disponibilidad laboral, un factor que cada temporada se vuelve más crítico”, agrega.

Datos para mejores decisiones

Aunque se habla mucho de automatización, ambos coinciden en que la próxima revolución vendrá con la incorporación de inteligencia artificial. Sin embargo, esta tecnología aún no está plenamente integrada al riego chileno, no porque falten herramientas, sino porque el sector todavía no ha construido el piso necesario para sacar provecho de ella.

“¿De qué sirve un sistema que recomienda y ajusta decisiones automáticamente si la estrategia base no está clara o si los administradores no están involucrados?”, advierte Olivos. Massai coincide, señalando que la IA llegará, pero será efectiva solo cuando exista una cultura de manejo técnico consistente y basada en datos reales.

Como sintetiza Massai, “la agricultura moderna exige menos intuición y más información. Cuando eso ocurre, los resultados se ven en todos los niveles del campo”.

2026

Padre e hijo unen talentos y crean tecnología para mejorar la eficiencia del riego tecnificado

Sergio Carvallo, experimentado asesor, y Nicolás, ingeniero especializado en tecnología, se unieron para enfrentar un problema que se repite: miles de hectáreas cuentan con este sistema para regar, pero su operación aún depende de la intuición y no de datos. Por eso, crearon un sistema de precisión que permite monitorear cada válvula en tiempo real, detectar fallas y asegurar que la inversión instalada se traduzca en resultados.

Cuando Sergio Carvallo comenzó su carrera profesional en riego, a fines de los años 70, la lógica era simple: se abría la válvula, se calculaban las horas y se confiaba en la experiencia del operador. La calicata era el veredicto final. Si el suelo estaba húmedo, el riego había sido bueno; si no, había que ajustar. “Era otra realidad; había agua y muy pocos se preguntaban cuánta eficiencia se podía lograr”, recuerda.

Hoy el contraste es evidente. Chile ha invertido y tecnificado miles de hectáreas, pero en demasiados campos la operación sigue dependiendo de la intuición. No siempre se mide presión, caudal, apertura de válvulas o cumplimiento de los turnos programados. Y sin esa información, es difícil asegurar que la inversión rinda en producción.

Sergio conoce esta brecha mejor que nadie. Ingeniero agrónomo de la Universidad Católica, con especialidad en riego, suelos y nutrición, ex jefe nacional de Riego de INDAP y uno de los pocos asesores en Chile dedicados exclusivamente a esta disciplina, ha visto la misma escena repetirse en grandes frutícolas, predios medianos y pequeños agricultores: sistemas modernos que, operados sin control permanente, no entregan su verdadero potencial.

Su hijo, Nicolás Carvallo, creció escuchando ese diagnóstico. Sin embargo, eligió entrar al problema desde otro ángulo: la tecnología. Ingeniero Civil Industrial Eléctrico de la Universidad Católica y Master of Science en Telecomunicaciones del Instituto Tecnológico de Turín, Italia, comenzó preguntándose por qué la industria aceptaba como “inevitable” algo que se podía medir. Si en tantos campos las pérdidas de eficiencia se repetían, ¿por qué no automatizar su detección en lugar de depender únicamente del operador?

De esas preguntas surgió el proyecto que luego se transformó en Telaqua, empresa fundada por Nicolás en Francia y representada en Chile por Agromonitoreo SpA, que él y Sergio crearon juntos. No se trató de una idea de laboratorio, sino del cruce natural entre la vida profesional de su padre en terreno y el desarrollo de soluciones tecnológicas. “Hay un cambio generacional en el campo”, dice Nicolás. “La gente joven quiere ver datos, quiere saber qué ocurrió cada día, quiere trazabilidad”, suma.

Cómo funciona la tecnología

El sistema se instala directamente en bombas, filtros y válvulas, sin necesidad de cableado, alimentado con pequeños paneles solares. Los dispositivos registran presión, caudal real y si la válvula abrió o no. Si el sistema detecta una variación importante –por ejemplo, una caída de presión o una válvula que no se accionó–, el aviso llega al celular del administrador.

El resultado es un riego con trazabilidad diaria y verificable. Nicolás lo pone en términos prácticos: si ocurre un error, el productor puede saber exactamente cuándo se produjo y por qué. “Lo importante es que el problema no se descubra dos semanas después con la planta estresada, sino al día siguiente, cuando aún se puede corregir”, explica.

Su padre refuerza esa idea desde la experiencia. “Si la producción se cae, en el 90% de los casos el riego está involucrado, pero no siempre se puede demostrar. Con datos, ya no dependes de la interpretación, sino que puedes ver qué pasó cada día”, plantea.

Con esta tecnología, sostienen, el riego deja de ser una operación sostenida en la experiencia y pasa a ser una actividad gestionada con evidencia. Y eso, en un contexto de costos crecientes y menor disponibilidad hídrica, puede marcar la diferencia entre un equipo que “funciona” y uno que entrega realmente el retorno que prometía sobre el papel.

“Necesitamos información, no impresión

Para Sergio, quien trabaja en diversos países asesorando predios en temas de riego, sobre todo realizando diagnósticos y detectando problemas de gestión, esto no se trata de modernismo, sino de gestión. “Jeff Bezos decía que su negocio debía funcionar igual de bien estando él de vacaciones. En el campo, muchas veces el riego funciona bien solo si cierto operador está ahí. Y eso no es sostenible”, señala.

Tras décadas recorriendo predios, el asesor ha visto lo mismo repetirse en campos, muchos de ellos grandes: el sistema está instalado, pero no siempre funciona como fue diseñado. Para profundizar en este diagnóstico, conversamos con él sobre los desafíos técnicos que hoy enfrenta el riego en Chile y qué se requiere para llevarlo a una operación realmente profesional.

—¿Cuál es, a su juicio, la principal deuda del riego tecnificado en Chile hoy?

La instalación avanzó rápido, y eso es positivo, pero la correcta operación no lo hizo al mismo ritmo. Mucha gente cree que tener un buen sistema de riego tecnificado es suficiente, pero sin medir presión y caudales no hay cómo garantizar que ese diseño se está ejecutando correctamente. Se invierten miles de dólares por hectárea y luego se deja la operación entregada al ‘yo creo que se regó bien’. Esa es la brecha real”.

—¿Por qué es tan crítico medir presión y caudal, y no solo cumplir horas de riego?

“Porque el agua no siempre llega con la presión diseñada. Una válvula parcialmente cerrada, una pérdida en la tubería o una bomba trabajando forzada pueden estar restando agua a un sector completo sin que nadie lo note. Dos calicatas a pocos metros de distancia te pueden mostrar un suelo saturado y otro seco dentro del mismo cuartel. Y si eso ocurre durante toda la temporada, el resultado es menor producción y una sensación de que el sistema “no funcionó”, cuando el problema fue de operación, no de diseño”.

—¿Qué impacto productivo genera una operación deficiente?

“Mayor costo por tonelada producida, menor calibre, menor rendimiento y, en frutales, también riesgos de estrés que comprometen la temporada siguiente. Muchas veces la agricultura asume esos resultados como inevitables, pero no son azar: son la consecuencia directa de no controlar variables clave. Un error de veinte minutos diarios, repetido por 150 días, es una mala temporada. Y en muchos campos, ese error ocurre sin que nadie se entere”.

—¿Cómo cambia la toma de decisiones cuando se cuenta con trazabilidad del riego?

“Se profesionaliza. Ya no depende de la memoria del operador ni de si alguien tuvo tiempo para recorrer el campo. La gerencia puede saber si se cumplió el plan de riego, si alguna válvula falló o si un sector quedó sin aplicación. Y cuando un resultado productivo no es el esperado, la conversación cambia. Se puede decir: ‘regamos de esta manera, con esta presión y estos caudales, y los datos muestran tal cosa’. Necesitamos información, no impresión”.

2026

Más datos, mejores decisiones: la apuesta tecnológica de Coagra en nutrición animal

Con dos equipos NIRS portátiles y un análisis de micotoxinas que está en plena evaluación, este año se buscó consolidar el modelo de acompañamiento técnico continuo a los productores, a través de la entrega diagnósticos inmediatos en predios para elevar la calidad productiva de los clientes.

En una era marcada por la adopción de tecnologías que permiten acelerar decisiones en el campo, la línea de Nutrición Animal de Coagra ha dado un salto que combina precisión, servicio y acompañamiento directo a productores.

En 2025, la empresa incorporó el uso de equipos portátiles de espectroscopia por infrarrojo cercano (NIRS) para realizar análisis nutricionales tanto a nivel interno como directamente en los predios de sus clientes, y además está sumando nuevas herramientas para detectar micotoxinas, una amenaza silenciosa pero real que impacta la calidad y el rendimiento de los insumos utilizados en la producción animal.

El resultado: diagnósticos rápidos, datos confiables y un servicio técnico postventa que hoy se posiciona como uno de los más avanzados del país.

“Siempre hemos buscado diferenciarnos en el trato que le damos a nuestros clientes. “Queremos dar soluciones inmediatas y eficientes, basadas en datos duros”, explica José Manuel Carmine, encargado de Calidad y Servicio de Nutrición Animal de Coagra. Desde 2024, explica, la compañía venía evaluando alternativas que permitieran un control de calidad más robusto y, al mismo tiempo, un apoyo concreto a los productores.

El salto definitivo se dio con la llegada de dos NIRS portátiles, un dispositivo que, mediante luz infrarroja, identifica en minutos parámetros como proteína, fibra, grasa o almidón en distintos tipos de alimentos.

Datos inmediatos en el predio

Lo que comenzó como una herramienta para validar internamente la calidad de los productos —comparando lo fabricado con los valores formulados— rápidamente evolucionó hacia un servicio directo para los clientes. El carácter portátil del equipo hizo posible llevar el análisis al mismo lugar donde se toma la muestra.

“El resultado preliminar está en cinco minutos”, detalla Carmine. Esta rapidez permite evaluar varios materiales en una sola visita: Ensilajes de maíz, pradera o granos húmedos, TMR, materias primas y otros insumos críticos para la ración del ganado. Y, sobre todo, suma, “posibilita tomar decisiones productivas en el acto, sin esperar los 10 a 15 días que suele demorar un laboratorio tradicional para entregar un informe completo”. Este reporte inmediato, además, se complementa con un informe posterior más robusto que elabora el equipo técnico.

La acogida entre los productores ha sido inmediata. “A todos les llama la atención, porque no es una tecnología conocida a nivel portátil”, cuenta Carmine. Y aunque la precisión es muy cercana a la de un laboratorio —con pequeñas variaciones esperables en equipos portátiles—, las comparaciones realizadas en conjunto con clientes muestran “resultados súper parecidos”, lo que ha reforzado la confianza en su uso en campo.

En esa línea, la compañía trabaja sus calibraciones con el soporte técnico de Cargill Brasil, una de las empresas de nutrición animal más grandes del mundo, lo que aporta respaldo científico y consistencia internacional a los resultados obtenidos en Chile.

Nuevo paso: análisis de micotoxinas

A fines de 2025, llegó otra innovación: un equipo de análisis para detectar micotoxinas, metabolitos derivados de hongos que pueden afectar seriamente la salud del ganado y disminuir la producción. Aunque este equipo es de laboratorio y no se utiliza en terreno, permite evaluar ensilajes, maíz grano, soya y otros insumos claves antes de su uso o comercialización.

“Aún existe el mito de que si un alimento se ve limpio no tiene micotoxinas”, señala Carmine. “Pero siempre hay una carga, alta o baja”. Esta herramienta permite mostrar con evidencia cuándo es necesario el uso de secuestrantes —como el producto Notox LS, que comercializa Coagra— y ofrecerlo como un servicio preventivo que reduzca riesgos productivos.

Si bien la implementación está en su fase inicial, la empresa proyecta usarla de forma más amplia en 2026, una vez completadas las calibraciones y protocolos internos.

De cara al 2026, Coagra proyecta profundizar la red de servicios en torno al NIRS y al análisis de micotoxinas. La prioridad será fortalecer el acompañamiento a productores y asesores, multiplicar las visitas a terreno y seguir validando datos para asegurar decisiones más precisas.

2026

“La eficiencia es el camino”: el impulso de una nueva generación lechera

En 2021, los hermanos Felipe y Constanza Ramírez asumieron la administración del campo familiar en Río Bueno, convirtiéndose en la tercera generación al mando. Hoy comparten los avances logrados y cómo la asesoría técnica de Coagra ha impulsado sus resultados.

A los 31 años, Felipe Ramírez hoy administra —junto a su hermana, Constanza— la lechería familiar ubicada en Río Bueno, en la XIV Región. Ingeniero en Ejecución en Agronomía, creció literalmente entre vacas y tractores. Su infancia estuvo marcada por el campo, un espacio que nunca abandonó y que terminó convirtiéndose en su profesión.

La empresa partió con sus abuelos, luego pasó a manos de su madre y su tía, después a su padre, y en 2021, los hermanos asumieron la administración, ambos egresados de carreras agrícolas. Mientras ella se encarga de todo lo relacionado a lo administrativo, él se concentra en el ordeño, la supervisión del personal y la gestión productiva.

“Toda la vida he estado ligado al campo. Siempre me ha gustado el terreno. Aquí las cosas se hacen trabajando: si hay que ordeñar o manejar un tractor, yo me ensucio las manos”, resume Felipe, quien anhela que el proyecto familiar siga creciendo.

 Con experiencia laboral en Nueva Zelanda, país reconocido en producción lechera, cuenta que busca incorporar parte de ese modelo al predio en Río Bueno: “más eficiencia, más foco en la pradera y menos mano de obra, pero mejor remunerada”, resume. Hoy cuentan con cerca de 400 vacas en ordeña y han impulsado una transformación interna centrada en la calidad del alimento, mejoras en la terapia de secado, uso de tecnología y un trabajo estrecho con Eunice Carrasco y Christopher Vega, el especializado equipo técnico de Coagra que los asesora continuamente.

La historia de un legado que continúa

— Creciste en un entorno agrícola desde niño. ¿Qué te llevó finalmente a seguir ligado al campo familiar?

 “Toda mi vida he estado ligado al campo: desde chico metido en las vacas, en los tractores y en la tierra. Siempre estuve en eso, entonces, fue algo natural seguir por este camino. Además, aquí hay una historia familiar que viene desde mis abuelos, después siguió mi mamá con mi tía, y más tarde mi papá. Cuando él falleció y nosotros terminamos nuestras carreras, tomamos la administración con mi hermana. A mí siempre me ha gustado estar en terreno y ensuciarme las manos, así que seguir en la agricultura era lo que tenía sentido”.

— ¿Cómo ha evolucionado la lechería desde que tú y tu hermana asumieron la administración?

 “Este último año hemos hecho muchos cambios. La idea principal ha sido hacer más eficientes a las vacas: tener menos, pero que produzcan leche de mejor calidad. Hemos estado estos últimos 12 meses trabajando en eso. Por ejemplo, preferimos tener 150 vacas que produzcan lo que antes producían 200, pero mejor. Ese tipo de ajustes ha sido parte del proceso”.

— Viviste en Nueva Zelanda y has tratado de adaptar parte de ese sistema. ¿Qué elementos rescatas de esa experiencia?

“Que allá todo se basa en la eficiencia. Aprovechan al máximo la pradera y se trabaja con menos personal, pero con buenos sueldos. Eso hace que el personal sea más eficiente. Por ejemplo, allá éramos tres personas trabajando 750 vacas. Esa forma de trabajar es lo que he intentado integrar acá”.

— Has mencionado que han tomado decisiones como descartar animales improductivos. ¿Qué otras prácticas han marcado esta etapa?

 “Lo primero fue sacar todas las vacas que eran improductivas: vacas secas, vacas que no daban leche. Después, empezamos a ajustar la alimentación y la terapia de secado en los momentos precisos. También hemos aumentado bastante la cantidad de vaquillas para inseminar. Antes inseminábamos entre 50 y 60 animales por temporada, y hoy tenemos 115”.

—¿Y qué tecnologías han incorporado y cuál ha sido su impacto?

 “El año pasado incorporamos los collares para la inseminación. Eso ha sido lo último en tecnología que hemos sumado y ha aportado harto en el manejo reproductivo. También trabajamos con partos estacionales, lo que nos ordena las etapas del año. Hoy en día, si no se aplica tecnología es complejo crecer, porque la mano de obra cada vez es más escasa, y no solo en la agricultura. Para mí, lo principal es hacer todo más eficiente y aplicar la mayor tecnología posible”.

— ¿Cómo ves el mercado lechero actualmente?

“Hoy el precio está muy bueno, algo que no se había visto últimamente. Tanto en leche como en carne. Yo lo atribuyo al mayor consumo y al menor número de animales disponibles. Pero hacia adelante nada está escrito”.

— ¿Qué impacto ha tenido la asesoría técnica de Coagra en sus resultados?

 “Ha sido mucha la ayuda. Partimos trabajando en febrero-marzo, cuando veíamos un año negro, y hoy día se dio vuelta la tortilla en un 100%. Los asesores, Eunice y Christopher, siempre están pidiendo la información de la leche para ver qué ajustar, están pendientes del stock y si falta algo, nos suplementan mientras llega el camión. Eso ha sido muy valioso”.

— Mirando al futuro, ¿qué objetivos tienen para su predio?

“Por ahora estamos enfocados en mejorar las cosas y en sacarle el mayor potencial a la genética que manejamos. Este año estamos alrededor de un 15% arriba respecto al año pasado. Mi meta para el próximo año es subir entre un 25% y un 30% la producción, respecto a 2025”.

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Peonías chilenas: entre el boom global y los desafíos de un cultivo exigente

Es una flor en expansión, que requiere altos costos de entrada y que tiene un mercado de exportación cada vez más exigente. Aún así, se la identifica como una opción promesa que avanza entre oportunidades, riesgos y el aprendizaje colectivo de sus productores.

Con unas 200 hectáreas plantadas, principalmente en las regiones del Maule, La Araucanía, Los Lagos y O’Higgins, la peonía ya es la flor de mayor superficie cultivada en Chile y encabeza cómodamente el portafolio exportador de flores. Solo entre 2020 y 2024, según datos del Servicio Nacional de Aduanas, los envíos acumularon cerca de US $47,8 millones, muy por sobre otras especies, como ranúnculos o tulipanes.

Aunque detrás de las cifras y del creciente interés internacional (también nacional, pero bastante más pausado), se despliega un mercado joven, exigente y todavía lleno de zonas grises para los productores que apuestan por él.

En Estados Unidos —el destino más importante—, y en Europa, la flor chilena ya es reconocida por su calidad y por una ventaja natural: la ventana de producción. El ciclo de la peonía en Chile (que se concentra entre octubre y noviembre y dura unas tres semanas) coincide con el cierre de la temporada de floración en el hemisferio norte. Esa contraestación es la principal fortaleza, ya que las flores chilenas llegan cuando su oferta local se agota.

Más recientemente, Brasil —que este año recibió los primeros envíos nacionales— completan el mapa de destinos que hoy sostienen el ánimo de los agricultores chilenos. Aun así, abrir nuevos mercados, como India o China, sigue siendo un anhelo y desafío mayor, pues la logística aérea es limitada, los espacios de frío escasean en el aeropuerto y la peonía no resiste improvisaciones.

Un cultivo que no perdona errores

Juan Emilio y Pedro Rieutord, primos y productores de Granero, apostaron por las peonías en 2016 buscando un cultivo intensivo y que no coincidiera con las fechas de cosecha de sus frutales. Partieron con una hectárea; hoy suman seis propias y, junto a proyectos familiares, llegan a 10. Su primera lección fue la más evidente: la peonía exige frío, y mucho.

“El principal factor son las horas de frío”, explica Pedro. Por eso, zonas como O’Higgins, Maule u Osorno se han transformado en polos de crecimiento. En contraste, los proyectos más al norte suelen enfrentar caídas de calidad o de volumen por falta de acumulación térmica, una condición que simplemente no se puede forzar.

Pero el clima no es la única condición estricta. El cultivo es vulnerable a fitóftora, nemátodos y otros patógenos del suelo; requiere un tipo de cosecha manual que demanda ojo experto; y presenta un problema estructural que la industria aún no resuelve. “Una carencia importante es que no hay especialistas en peonía”, dice Juan Emilio.
Los equipos de cosecha deben formarse desde cero y trabajar a diario, sin excepciones. “Uno no puede descansar un domingo; si hace calor, se abre la flor y se pierde”, agrega. Y hablamos de cortes que, según la variedad, pueden repetirse dos o tres veces al día.

La cosecha, además, debe ser estricta: botón firme, vara sobre 50 centímetros y cero tolerancia fitosanitaria. A eso se suma la competencia por espacio aéreo con la industria salmonera y frutícola, un clásico de la logística nacional que, en este caso, puede definir el éxito o fracaso de la exportación.

Una cauta expansión

El aumento de plantaciones en los últimos tres años amenaza con tensionar el mercado, según advierten los Rieutord. “Ya hemos visto una baja en los precios por exceso de oferta y aún falta que entren en producción muchas de las hectáreas nuevas”, advierten los productores.

No es la primera vez que Chile vive un fenómeno de sobreinversión por entusiasmo —las cerezas son un referente cercano—, y la peonía suma una particularidad: el mercado interno todavía es demasiado pequeño. Cuando no se logra exportar, la flor se pierde. “Aquí, sí queda para el mercado local, no se absorbe. Se satura rápido. Las piden para matrimonios, por ejemplo, pero sigue siendo una flor de nicho. Hemos intentado ofrecerlas en cementerios, pero no las compran”, explica Pedro.

Eso sí, añaden ambos, no se trata de no seguir creciendo, pero sí que este crecimiento vaya de la mano de un esfuerzo por abrir y diversificar mercados, lo que a su vez requiere mejoras en la logística para exportar.

María Jesús Ariztía llegó a las peonías desde un camino distinto. Profesora de profesión, buscaba un cambio de rumbo. Conversando con su padre, —productor y gerente general de Tavan Latam, una empresa ligada a biotecnología agrícola— decidió apostar por un proyecto propio. Hoy cultiva una hectárea en Villa Alegre, en la Región del Maule, y espera llegar a cuatro en los próximos años.

“Partimos en 2023, y plantamos en 2024 con rizomas importados desde Holanda”, cuenta. En su caso, el conocimiento no vino de la academia, sino de una mezcla de estudio intenso, lectura de papers y visitas a productores en distintas zonas del país. Aprender escuchando fue parte esencial del proceso: “Una cosa es el papel y otra es lo que se vive en terreno”, afirma.

Su entusiasmo se mezcla con la cautela propia de quien se inicia. Al no ser agrónoma, reconoce que el apoyo técnico es clave. El de su padre—con experiencia agrícola y hoy también involucrado desde el mundo de la biotecnología— le permitió enfrentar las dudas del día a día sin paralizarse.

La espera para plantar, la adaptación del terreno y la logística de traer rizomas en pleno verano fueron algunos de los retos iniciales. Pero hoy siente que las expectativas se están cumpliendo.

“El mercado está creciendo poco a poco. La peonía tiene cada día más fama, tanto dentro como fuera del país”, sostiene. Su apuesta es clara: exportar desde el próximo año y seguir creciendo de la mano de capacitación y colaboración con otros productores.

¿Hacia dónde van las peonías chilenas?

Chile tiene ventajas naturales —ventana productiva, calidad y condiciones de frío— y un creciente espíritu asociativo entre agricultores. Pero también enfrenta desafíos estructurales: costos de inversión cercanos a los $100 millones por hectárea, falta de infraestructura de frío, ausencia de especialistas y una logística aérea limitada.

Aun así, los productores coinciden en que la demanda internacional seguirá creciendo. Japón, Rusia y China —aunque complejos en logística— aparecen como destinos atractivos. Y detrás del boom, lo que se consolida es una identidad productiva que recién empieza a tomar forma.

“Es una industria que está creciendo y donde los agricultores estamos muy unidos”, resume Juan Emilio, y agrega que los grupos de trabajo regionales, la transferencia técnica y una visión compartida sobre el potencial competitivo de la flor chilena también es clave para que la industria siga siendo rentable.

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Agua, innovación y competitividad: exministros delinean prioridades para impulsar el agro

Carlos Furche y Antonio Walker proyectan los desafíos que deberá abordar el próximo gobierno; entre otros, sumar infraestructura hídrica, acelerar la adopción de tecnologías y atraer nuevos talentos, además de diversificar los mercados.

La agricultura chilena, sector que ha sido un aporte constante al desarrollo económico y exportador del país, enfrenta un escenario donde la escasez de agua, la competencia global, el cambio climático, la necesidad de mayor innovación y la incorporación de nuevas generaciones se han transformado en desafíos estructurales.

Para profundizar en cuáles deberían ser las prioridades del período 2026-2030, conversamos con dos voces que suman décadas de experiencia directa en el sector: Carlos Furche, actual director nacional del INIA y ministro de Agricultura entre 2014 y 2018, y Antonio Walker, hoy presidente de la SNA y también ministro de la cartera entre 2018 y 2021.

A partir de sus diagnósticos, se delinea una hoja de ruta con focos clave para que el país no solo mantenga su liderazgo agrícola en los próximos años, sino que siga conquistando nuevos espacios.

1.    El agua como punto de partida

Tanto para Furche como para Walker, la gestión hídrica aparece como un primer desafío ineludible que no puede seguir siendo postergado. Para Furche, el cambio climático dejó de ser una advertencia y se convirtió en un nuevo marco operativo en el que la agricultura debe aprender a producir.

“Probablemente, el mayor impacto es la menor disponibilidad de recursos hídricos. Esa es un área clave de política pública y de inversión público-privada si queremos mantener una agricultura competitiva y rentable”, sostiene el director nacional del INIA.

Walker coincide en la urgencia hídrica, con énfasis en la brecha regional que Chile enfrenta respecto de otros productores del hemisferio sur.

“Solo regamos 900 mil hectáreas en un país de 75 millones de hectáreas, y el 50% tiene riego tecnificado. Perú pronto estará regando 2,6 millones de hectáreas, entonces, necesitamos invertir en infraestructura hídrica, además de vial y digital”, señala el presidente de la SNA.

Furche coincide en que el país debe retomar la construcción de obras de riego, —incluidos embalses medianos con menor impacto ambiental y mayor viabilidad—, tecnificación del riego, infiltración de acuíferos y desaladoras siguiendo modelos ya aprobados internacionalmente si quiere sostener su posición exportadora en el mediano plazo.

2.    Seguridad rural y condiciones para invertir

Aunque la falta de agua condiciona todo, Walker pone sobre la mesa un tema que en los últimos años se ha vuelto ineludible: la seguridad rural. “Estamos con un nivel de inseguridad rural muy grande. Sin seguridad no hay inversión y sin inversión no hay desarrollo”, afirma, aludiendo al aumento del robo de maquinaria, insumos y también a los episodios de violencia en zonas críticas del sur.

En paralelo, ambos ex ministros insisten en que la competitividad de la agricultura chilena depende también de contar con infraestructura acorde al crecimiento del sector. En el caso de Walker, la urgencia incluye caminos rurales, puertos, aeropuertos y conectividad digital. Para Furche, la logística es una desventaja estructural que el país debe minimizar con mayor inteligencia operativa: “Tenemos la distancia más grande y los costos mayores frente a nuestros competidores. Eso hace que la logística sea un tema crucial”.

3.    Tecnología para producir más con menos

La innovación es otro punto central en los diagnósticos. La agricultura chilena deberá responder a una demanda mundial creciente, pero produciendo con menos tierra disponible, debido al deterioro de suelos y urbanización, menos agua y menos mano de obra disponible.

Aquí Furche identifica un reto institucional clave: fortalecer el sistema nacional de investigación, adopción y transferencia tecnológica, con INIA como articulador natural. “Es la única institución que tiene una mirada e infraestructura a nivel nacional”, señala.

Walker complementa esa mirada desde la urgencia productiva. La recuperación de la productividad agrícola —y del sector económico chileno en general— exige acelerar la transición hacia la robotización, mecanización y agricultura de precisión.

Y agrega otro punto estratégico: una agricultura moderna también es la forma de atraer a los jóvenes. “Las tecnologías, en general, son algo muy atractivo para los jóvenes”.

4.    Mercados que exigen profesionalización

El entorno comercial global también está cambiando. Furche identifica una pérdida del orden multilateral que marcó el desarrollo agrícola de Chile durante décadas. “Vivimos un periodo de gran incertidumbre, con más medidas unilaterales y arancelarias. Hay que hacer seguimiento profesional y sistemático de los mercados internacionales”, apunta. Además, plantea una discusión interna de largo plazo: identificar qué cultivos serán las nuevas “grandes apuestas” de la fruticultura chilena durante los próximos veinte años.

En una línea similar, Walker refuerza la importancia de darle continuidad a la política de apertura. “Hay que seguir conquistando India, Asia, Medio Oriente y el norte de África”, dice, señalando que la diversificación comercial sigue siendo una fuente esencial de sostenibilidad para el sector.

5.    Agricultura familiar

Tanto Furche como Walker coinciden en que la competitividad nacional depende también de la capacidad de integrar y hacer crecer a pequeños y medianos productores, que aportan buena parte de la oferta hortícola y alimentaria del país.

Furche atribuye al Estado un rol esencial en ese proceso. “INDAP debe ser la institución promotora de la articulación de la pequeña y mediana agricultura al desarrollo tecnológico y a los mercados formales”, plantea.

Walker enfatiza un punto que se ha vuelto recurrente en el sector: la asociatividad como condición de éxito. “Juntos llegamos más lejos. El cooperativismo moderno es una alternativa real y necesitamos financiamiento que lo impulse”, señala.

Pero también amplía el análisis hacia un ámbito más profundo, que cerrar las brechas de desarrollo rural para que vivir en el campo sea una opción y no una renuncia. Ello incluye vivienda, conectividad, transporte, infraestructura social y servicios de calidad. Y suma que la política migratoria debe actualizarse para asegurar mano de obra regulada y disminuir la informalidad laboral.

6.    Capital humano y relevo generacional

Ambos ex ministros advierten que Chile enfrenta una transición demográfica que reducirá la cantidad de trabajadores disponibles para tareas agrícolas, muchas de ellas físicamente exigentes.

Furche lo resume así: “Vamos a ser menos personas y mayores. La tecnificación no es solo necesaria, sino que es la única forma de ser más productivos, con menos esfuerzo físico y más eficiencia”.

Walker coincide, y suma que el sector tiene herramientas para entusiasmar a nuevas generaciones si comunica mejor su potencial. “Tenemos que mostrar un sector vivo, rentable, exportador. Muchas veces no le damos ese relato al sector, y lo tiene”.

Para ambos, los liceos agrícolas y la educación técnica aparecen como una vía clave de formación, especialmente considerando la creciente sofisticación tecnológica del trabajo en terreno.

7.    Una oportunidad que no se puede postergar

Chile cuenta con ventajas naturales y productivas que lo han hecho destacar durante por décadas en los mercados internacionales: inocuidad, trazabilidad, calidad y un clima mediterráneo que permite producir cuando otros países no pueden, generando oferta fresca para mercados exigentes.

Sin embargo, ambos ex ministros concuerdan en que el país está frente a un punto de inflexión. “Chile tiene una agricultura singular, distinta a cualquier otra en el mundo. La estamos aprovechando, pero todavía tenemos espacio para más”, reflexiona Furche.

Walker expresa la misma idea desde la mirada productiva: “La ventaja no será cuánto producimos, sino cómo producimos”.

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