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2026

Chile como potencia avellanera: crecimiento sostenido, nuevas tecnologías y el reto de mantener la “cara limpia”

Con 114 mil toneladas de producción y la proyección de llegar a 80 mil hectáreas al 2030, el país afianza su posición como segundo productor mundial de avellano europeo, desplazando a Italia. Expertos coinciden en que el cultivo vive un momento auspicioso, pero advierten que la clave será sostener calidad, sustentabilidad y rigor técnico.

En menos de una década, el avellano europeo pasó de ser una alternativa emergente a transformarse en uno de los pilares de la fruticultura chilena. Viveristas, asesores y productores coinciden en que hoy la industria vive un punto de inflexión: alta demanda, plantaciones en expansión, interés internacional y retornos atractivos que vienen impulsando nuevos proyectos.

Chile ya aparece en el podio global. La última cosecha cerró en 114 mil toneladas, consolidando al país como segundo productor mundial, superando a Italia y quedando solo detrás de Turquía. “Somos parte del hemisferio que está diversificando la oferta mundial, ofreciendo estabilidad, contra estación y un modelo de producción moderno y sostenible. Chile ya no es una promesa: Chile es país de avellanas”, afirma Rodrigo Viñambres, presidente del Comité del Avellano, y suma “Chile ya es un país de avellanas”.

El fenómeno no es casual. Mientras Turquía, Italia y España enfrentan problemas de clima, plagas, menor disponibilidad de agua y menor mecanización, los productores chilenos han elevado sus estándares. La mecanización, la inversión en secado, la mejora de plantas de proceso, la incorporación de genética más moderna y el trabajo técnico constante han permitido que la fruta chilena gane terreno y preferencia en los mercados internacionales.

Un mercado que mira a Chile

La demanda global también ha cambiado el escenario. Turquía, pese a producir 460 mil toneladas, enfrenta restricciones fitosanitarias y productivas que están afectando su competitividad. Italia, históricamente un referente, ha visto caer sus rendimientos por problemas de clima, chinche asiático y falta de agua.

En este contexto, la homogeneidad productiva chilena se ha convertido en un sello. “Somos un nicho muy atractivo para el mundo. La fruta chilena es pareja, con muy buenas propiedades organolépticas y con estándares de entrega cada vez más altos”, sostiene Joaquín Delorenzo, socio y gerente de producción e I+D de Vivero Cuatro Vientos.

El interés internacional también se ha intensificado. Viñambres comenta que incluso empresas de Canadá han iniciado contactos para explorar acuerdos comerciales. Andrés Reyes, director del Grupo Avexa, agrega para el año 2025-2026 se espera un incremento de nuevos productores interesados en el establecimiento del avellano, principalmente por la facilidad de la mecanización, estabilidad económica del precio, aumento en el interés de esta fruta, y por la estabilidad comercial que ha entregado Ferrero en los últimos 15 años.

La proyección del presidente del Comité del Avellano es clara: Chile podría alcanzar 80.000 hectáreas hacia 2030, con una producción cercana a 130.000 toneladas, manteniéndose sin dificultad como segundo productor mundial. Solo para 2025 y 2026 anticipa un incremento de 5 mil hectáreas adicionales, especialmente en Maule, Ñuble, Biobío y La Araucanía.

En la Región de Ñuble, el productor Tomás Viñuela ha observado un crecimiento simultáneo en resultados productivos y comerciales. La subida de precios internacionales, impulsada por la situación en Turquía, sumada al crecimiento natural de los huertos ya establecidos, ha permitido ampliar la superficie y avanzar hacia una mayor mecanización. “Hemos seguido aumentando la superficie para lograr una masa crítica y aprovechar suelos donde el avellano es competitivo. También hemos invertido en maquinaria para mejorar y eficientar los manejos del huerto y la cosecha”, comenta.

Viñuela sostiene que el camino para mantener la rentabilidad a largo plazo pasa por conservar buenos precios, proteger la sanidad del huerto y utilizar fertilizantes y bioestimulantes de manera eficiente para sostener producciones altas y constantes.

Plantas de mayor rendimiento

La velocidad de expansión del cultivo ha ido acompañada por una transformación profunda en el viverismo. En el Maule, Vivero Cuatro Vientos comenzó hace una década ofreciendo plantas de estaca ante la escasa y heterogénea oferta disponible en el país. Sin embargo, la industria cambió, y la actual transición hacia plantas in vitro ha marcado un punto de inflexión. “Partimos con un 10% de in vitro. Este año estaremos en 50% y el próximo en 90%. Para 2027 esperamos superar el millón de plantas”, describe Delorenzo.

El vivero trabaja con material propagado por meristema, libre de virus y bacterias, y seleccionado desde huertos locales de alto rendimiento donde se identificaron árboles que consistentemente produjeron sobre la media. La homogeneidad que ofrece este tipo de planta permite, según explica Delorenzo, aumentos de entre 15-20% por factor de planta in vitro y eso puede aumentar considerando la selección del material. A esto se suma el desarrollo de programas fitosanitarios más rigurosos y de líneas de selección local que buscan adaptar mejor las plantas a las condiciones del país.

Los desafíos por delante

Como todo avance de cultivos, el del avellano europeo viene acompañado de desafíos crecientes. Para Andrés Reyes, el principal riesgo técnico hoy se relaciona con el estrés climático. La diferencia entre temperatura y humedad ambiental, especialmente en zonas como el Maule, provoca estrés oxidativo, radiativo e hídrico, afectando la floración, las reservas de la planta y la productividad futura. Por eso, afirma, el foco debe estar en “mantener plantas activas mediante estrategias de bioestimulación foliar y radicular, en suelos bien descompactados que permitan un mejor uso del agua y en tecnologías que permitan enfrentar climas más extremos”.

La sanidad es otro punto crítico. Viñambres advierte que el chinche asiático representa una amenaza severa y que la barrera sanitaria es hoy una prioridad para el Comité del Avellano en su trabajo conjunto con el SAG. “Esta es una amenaza seria, podría ser la muerte de la avellana en Chile. Por esto, la prevención es fundamental y ha sido un aspecto relevante del trabajo como gremio”, señala Viñambres, insistiendo en que la prevención es clave.

El manejo técnico también ha evolucionado. La nutrición basada en análisis integrales del suelo, la poda constante para evitar emboscamiento y el control de plagas como cabritos, pulgones, ácaros y chinches se han transformado en prácticas decisivas para alcanzar rendimientos que hoy pueden llegar a 3 o 3,5 toneladas por hectárea en huertos bien manejados. La trazabilidad, la certificación y la calidad se proyectan como elementos esenciales para abrir nuevas líneas comerciales.

El riesgo del crecimiento sin orden

Los especialistas consultados coinciden en la importancia de evitar errores que ya se han visto en otros frutales. Viñambres recuerda el caso de las cerezas, donde la falta de acuerdos y la presión por exportar calibres pequeños deterioraron resultados. “La invitación es a trabajar juntos con profesionalismo y visión compartida, mantener la imagen país y no perder la calidad del cultivo”, afirma.

El Banco Mundial, advierte, ha puesto especial atención en temas de trazabilidad, deforestación y uso de suelos, por lo que mantener el estándar ambiental es hoy una responsabilidad ineludible.

En el viverismo, Delorenzo observa otro error recurrente: la prisa. Muchos productores quieren plantar en un año sin mucha planificación y optan por material no certificado o implementan riego y preparación de suelos sin diagnósticos técnicos. “Hacer el proyecto con tiempo es clave”, sostiene.

Pese a los desafíos, la percepción es unánime: el avellano seguirá creciendo, considerando que el consumo mundial aumenta entre 6% y 8% anual. Las plantaciones ya se distribuyen desde Curicó hasta Osorno y el requerimiento hídrico, de cerca de 5.600 m³ al año, se considera manejable en comparación con otros frutales.

La industria, añade Reyes, está lejos de enfrentar un mercado incierto. La combinación de tecnología, interés internacional, estabilidad comercial y calidad de fruta mantiene a Chile en una posición de liderazgo.

El desafío ahora —insisten todos— será sostener ese liderazgo con sustentabilidad, coordinación gremial y decisiones técnicas tomadas con anticipación. El país ya es protagonista del mercado mundial de avellanas, y lo que viene dependerá de cómo gestione ese lugar.

2026

El boom mundial del pistacho y su efecto en Chile: ¿oportunidad o sobreexpectativa?

La tendencia global —acelerada por el chocolate viral de Dubái— impulsó un alza histórica en los precios y mayor interés por el cultivo. En el país el movimiento es incipiente: crecen las consultas y algunos proyectos, pero el desarrollo productivo sigue limitado por costos, manejo y falta de infraestructura.


En el último año, el pistacho ha ganado una visibilidad global inesperada. El popular chocolate de Dubái —una mezcla de cacao y crema de pistacho que se volvió viral en redes sociales— empujó a panaderías, heladerías y chocolaterías a replicarlo en distintos países, generando una mayor demanda por el fruto seco. Combinado con una mala cosecha en Estados Unidos, el principal productor mundial, el resultado fue una presión sobre la oferta y un alza en los precios internacionales.

Según Financial Times, el precio por libra subió un tercio entre 2024 y 2025, pasando de US $7,65 a US $10,30, reflejo de una demanda que crece más rápido que la superficie plantada. Lo que se inició como una tendencia en redes sociales, terminó empujando al pistacho no como un snack, sino que como un insumo.

Sin embargo, ese movimiento global no ha provocado un cambio estructural en Chile. El país sigue teniendo una superficie reducida —157 hectáreas según ODEPA en 2024— y un desarrollo aún experimental. La industria local ha observado más consultas, pero sin un salto masivo en nuevas plantaciones ni señales de que el boom viral esté empujando proyectos de manera decisiva. En términos simples, el mundo está acelerado; Chile, no. Aunque eso no significa que no exista un potencial hasta ahora poco aprovechado.

Daniela Canessa, ingeniera agrónoma y gerente de producción y logística del Vivero Limache, señala que ha notado un mayor interés y consultas sobre este cultivo, aunque matiza el fenómeno. “Este último año ha habido más consultas respecto de plantas de pistacho, principalmente de agricultores pequeños y medianos, en zonas con déficit hídrico o buscando alternativas al almendro, nogal, viñedos o uvas. Se han acercado para pedir información técnica y de disponibilidad”, señala.

No obstante, Canessa recalca que el movimiento sigue siendo moderado. “Es un cultivo incipiente; falta mucha investigación e información sobre las variedades a utilizar en las distintas zonas de Chile”, afirma. El vivero trabaja con portainjertos modernos como UCB1 y está reforzando su oferta, pero la lentitud natural del cultivo —que demora siete a ocho años en llegar a producción comercial— cree que frena cualquier expansión masiva. Es uno de los frutales que más se demora en recuperar la inversión”, subraya. El portainjerto clonal o alternativas nuevas, suma, podrían generar mayor precocidad de producción.

Chile y sus condiciones favorables

Para Juan Cabrera, gerente general de la empresa Pistachos JM, dedicada a la producción, desarrollo y asesoría del cultivo del pistacho, también observa un interés que avanza por este fruto seco, pero sin vínculos directos con el fenómeno del chocolate. “Sí aumentaron los proyectos, pero no por la moda o el chocolate de Dubái. Es porque el pistacho es considerado un alimento con muchas propiedades, además de tener un buen mercado económico”, sostiene.

Sus estimaciones sobre superficie plantada son más altas que las cifras oficiales de ODEPA. Señala que “hoy hay aproximadamente 2.000 hectáreas, desde pequeños a grandes agricultores. Se está creciendo al orden de 40 a 50 hectáreas anuales”. Pero coincide en que la mayor parte son huertos jóvenes o en etapa de evaluación.

Para Cabrera, el potencial climático es claro, con zonas favorables que van desde Coquimbo hasta sectores de la zona centro-sur, siempre que no existan napas altas. Pero insiste en que la clave está en el manejo y la selección varietal. Dice que la producción parte recién en el quinto año con 300 kg/ha y escala lentamente. “La poda es lo más importante, y es difícil hacer entender a los agricultores”, afirma.

Desde lo comercial, asegura que el interés internacional existe, pero sigue siendo incipiente. “Aumentó el interés, pero porque el pistacho chileno es más sabroso”, comenta, destacando atributos organolépticos, aunque esto aún no se traduce en una demanda significativa.

Cristián Díaz, ingeniero agrónomo del Fundo Miraflores, ubicado en Codegua, ha visto el desarrollo productivo desde dentro. Para él, el país sigue en una fase temprana. “El mercado del pistacho es bastante pequeño y las producciones, en algunos huertos, son sus primeras cosechas; nada muy significativo hasta el momento”, afirma.

El añerismo ha sido uno de los principales desafíos. “No hemos podido evitar el añerismo (tendencia del árbol a tener una cosecha muy abundante un año y otra cosecha muy escasa al siguiente), ni que su efecto sea menos marcado”, explica, pese a trabajar con podas destinadas a reducirlo.

En cuanto al boom global, Díaz es categórico: “Ha habido un interés comercial por el pistacho, pero personalmente no se lo atribuyo al chocolate de Dubái, al menos no en Chile”.

Cómo aprovechar el boom

Para que Chile pueda realmente subirse al carro del pistacho, uno de los elementos centrales es cerrar las brechas técnicas que hoy limitan el desarrollo del cultivo.

Daniela Canessa advierte que el país aún está en una etapa de aprendizaje, con poca información local sobre variedades, horas frío, polinizantes y comportamiento en distintas zonas. A esto se suma la necesidad de contar con material vegetal moderno y homogéneo —como portainjertos UCB1 clonales— y de asegurar que las combinaciones entre variedades comerciales y polinizantes sean correctas, y mejorar los manejos técnicos agronómicos para una mejor producción.

Para Cristián Díaz, en tanto, el desafío no pasa solo por el manejo agronómico, sino por la estructura que rodea al cultivo. Aunque reconoce que Chile tiene “condiciones excepcionales” para el pistacho en el norte y centro-norte, afirma que todavía no existe una base productiva capaz de sustentar un crecimiento mayor. “El establecimiento es excesivamente costoso, y los primeros años son duros económicamente”, explica.

A esto se suma la falta de plantas de proceso: “Chile no tiene una red consolidada de plantas de proceso. Todavía es un mercado incipiente sin una red consolidada de comercialización”.

Para Díaz, antes de pensar en una expansión significativa se requiere generar una cadena productiva completa: investigación local, infraestructura de poscosecha, mayor desarrollo varietal y una comercialización organizada. Solo con esa base —coinciden ambos— el país podrá evaluar con realismo si está en condiciones de aprovechar las buenas condiciones climáticas que tiene para el pistacho.

2026

Tecnificación con estrategia: el desafío del riego agrícola en Chile para la próxima década

Aunque la escasez hídrica sigue presente, especialistas coinciden en que el verdadero salto pendiente no es solo tecnológico. El desafío está en usar los datos, la automatización y los sistemas de riego con planificación estratégica, mayor profesionalización y toma de decisiones informada para elevar productividad y eficiencia en el agro.

El manejo del agua sigue siendo un eje de la competitividad agrícola en Chile, pero la discusión ya no se limita al volumen disponible. El país avanza en tecnificación, aunque todavía solo alrededor del 29% de la superficie agrícola cuenta con sistemas modernos de riego. El sector frutícola lleva la delantera. Datos de la Biblioteca Digital del CIREN indican que alrededor del 48.2% de la superficie con frutales usa riego mecanizado (goteo y microaspersión), aunque varía significativamente por región.

En los predios donde sí existe infraestructura, el desafío es otro: utilizarla con estrategia. Andrés Olivos, gerente técnico de Olivos y especialista en riego, sostiene que en la mayoría de los campos no existe un plan claro que defina cómo y con qué objetivos se riega cada temporada.

“La mayoría de los agricultores sabe que el riego representa entre el 70% y el 90% del éxito productivo, pero le dedican apenas un 15% del tiempo de gestión”, advierte, señalando una brecha entre la importancia que se le atribuye al agua y el tiempo real que se invierte en manejarla de manera informada.

Olivos también sostiene que uno de los problemas más frecuentes es la adopción de tecnología antes de definir la estrategia de riego. Chile, señala, es rápido para incorporar sensores, medidores o plataformas digitales, pero no siempre existe un objetivo productivo claro para orientarlos.

“Si no hay estrategia previa, la tecnología queda subutilizada. Muchos, recién al final de la temporada, miran los datos y se dan cuenta de que regaron 30% más o 20% menos, pero ya es tarde para corregir”, explica.

El problema no estaría, como se cree, en los operadores de riego, sino en los niveles de administración y jefatura, que aún no consideran el riego como una decisión estratégica al mismo nivel que la nutrición, la sanidad o la planificación de cosecha.

Experiencia desde el campo

Sergio Massai, gerente de Más Fruits y productor de cerezas, uva y semillas, coincide plenamente. Desde su experiencia, sostiene que la brecha no es solo tecnológica, sino cultural.

“Muchas veces la inversión se hace en equipos de alto nivel que luego terminan siendo operados por personas poco capacitadas, y cuando empiezan las fallas, no se corrige el sistema, sino que se improvisa. Después llega el dueño o el gerente y el problema fue simplemente que la planta no recibió el agua que necesitaba”, señala.

Para él, el verdadero avance está en la capacidad de auditar el campo en tiempo real, desde un computador o un teléfono, sabiendo cuánto se está regando, cuánta evapotranspiración se debe reponer, si existe una fuga, si el filtro necesita limpieza o si una matriz falló.

“Una hora de bomba adicional significa un costo energético real, y ser precisos en el riego impacta en todas las áreas del predio”, afirma Massai.

Massai comenta que en su caso el uso de plataformas digitales ha permitido modernizar sus operaciones en distintos valles. Sensores, estaciones meteorológicas interconectadas, control remoto de válvulas y sistemas de alerta han transformado el riego desde una labor operativa a una tarea de control de procesos, en los cuáles él está muy involucrado. 

Desde su celular, por ejemplo, puede ver todos los cuarteles, planificar riegos nocturnos, organizar turnos sin depender de un operador presente y reducir las horas de parada cuando se presenta una falla. “Es un cambio que también libera al campo de depender exclusivamente de la disponibilidad laboral, un factor que cada temporada se vuelve más crítico”, agrega.

Datos para mejores decisiones

Aunque se habla mucho de automatización, ambos coinciden en que la próxima revolución vendrá con la incorporación de inteligencia artificial. Sin embargo, esta tecnología aún no está plenamente integrada al riego chileno, no porque falten herramientas, sino porque el sector todavía no ha construido el piso necesario para sacar provecho de ella.

“¿De qué sirve un sistema que recomienda y ajusta decisiones automáticamente si la estrategia base no está clara o si los administradores no están involucrados?”, advierte Olivos. Massai coincide, señalando que la IA llegará, pero será efectiva solo cuando exista una cultura de manejo técnico consistente y basada en datos reales.

Como sintetiza Massai, “la agricultura moderna exige menos intuición y más información. Cuando eso ocurre, los resultados se ven en todos los niveles del campo”.

2026

Padre e hijo unen talentos y crean tecnología para mejorar la eficiencia del riego tecnificado

Sergio Carvallo, experimentado asesor, y Nicolás, ingeniero especializado en tecnología, se unieron para enfrentar un problema que se repite: miles de hectáreas cuentan con este sistema para regar, pero su operación aún depende de la intuición y no de datos. Por eso, crearon un sistema de precisión que permite monitorear cada válvula en tiempo real, detectar fallas y asegurar que la inversión instalada se traduzca en resultados.

Cuando Sergio Carvallo comenzó su carrera profesional en riego, a fines de los años 70, la lógica era simple: se abría la válvula, se calculaban las horas y se confiaba en la experiencia del operador. La calicata era el veredicto final. Si el suelo estaba húmedo, el riego había sido bueno; si no, había que ajustar. “Era otra realidad; había agua y muy pocos se preguntaban cuánta eficiencia se podía lograr”, recuerda.

Hoy el contraste es evidente. Chile ha invertido y tecnificado miles de hectáreas, pero en demasiados campos la operación sigue dependiendo de la intuición. No siempre se mide presión, caudal, apertura de válvulas o cumplimiento de los turnos programados. Y sin esa información, es difícil asegurar que la inversión rinda en producción.

Sergio conoce esta brecha mejor que nadie. Ingeniero agrónomo de la Universidad Católica, con especialidad en riego, suelos y nutrición, ex jefe nacional de Riego de INDAP y uno de los pocos asesores en Chile dedicados exclusivamente a esta disciplina, ha visto la misma escena repetirse en grandes frutícolas, predios medianos y pequeños agricultores: sistemas modernos que, operados sin control permanente, no entregan su verdadero potencial.

Su hijo, Nicolás Carvallo, creció escuchando ese diagnóstico. Sin embargo, eligió entrar al problema desde otro ángulo: la tecnología. Ingeniero Civil Industrial Eléctrico de la Universidad Católica y Master of Science en Telecomunicaciones del Instituto Tecnológico de Turín, Italia, comenzó preguntándose por qué la industria aceptaba como “inevitable” algo que se podía medir. Si en tantos campos las pérdidas de eficiencia se repetían, ¿por qué no automatizar su detección en lugar de depender únicamente del operador?

De esas preguntas surgió el proyecto que luego se transformó en Telaqua, empresa fundada por Nicolás en Francia y representada en Chile por Agromonitoreo SpA, que él y Sergio crearon juntos. No se trató de una idea de laboratorio, sino del cruce natural entre la vida profesional de su padre en terreno y el desarrollo de soluciones tecnológicas. “Hay un cambio generacional en el campo”, dice Nicolás. “La gente joven quiere ver datos, quiere saber qué ocurrió cada día, quiere trazabilidad”, suma.

Cómo funciona la tecnología

El sistema se instala directamente en bombas, filtros y válvulas, sin necesidad de cableado, alimentado con pequeños paneles solares. Los dispositivos registran presión, caudal real y si la válvula abrió o no. Si el sistema detecta una variación importante –por ejemplo, una caída de presión o una válvula que no se accionó–, el aviso llega al celular del administrador.

El resultado es un riego con trazabilidad diaria y verificable. Nicolás lo pone en términos prácticos: si ocurre un error, el productor puede saber exactamente cuándo se produjo y por qué. “Lo importante es que el problema no se descubra dos semanas después con la planta estresada, sino al día siguiente, cuando aún se puede corregir”, explica.

Su padre refuerza esa idea desde la experiencia. “Si la producción se cae, en el 90% de los casos el riego está involucrado, pero no siempre se puede demostrar. Con datos, ya no dependes de la interpretación, sino que puedes ver qué pasó cada día”, plantea.

Con esta tecnología, sostienen, el riego deja de ser una operación sostenida en la experiencia y pasa a ser una actividad gestionada con evidencia. Y eso, en un contexto de costos crecientes y menor disponibilidad hídrica, puede marcar la diferencia entre un equipo que “funciona” y uno que entrega realmente el retorno que prometía sobre el papel.

“Necesitamos información, no impresión

Para Sergio, quien trabaja en diversos países asesorando predios en temas de riego, sobre todo realizando diagnósticos y detectando problemas de gestión, esto no se trata de modernismo, sino de gestión. “Jeff Bezos decía que su negocio debía funcionar igual de bien estando él de vacaciones. En el campo, muchas veces el riego funciona bien solo si cierto operador está ahí. Y eso no es sostenible”, señala.

Tras décadas recorriendo predios, el asesor ha visto lo mismo repetirse en campos, muchos de ellos grandes: el sistema está instalado, pero no siempre funciona como fue diseñado. Para profundizar en este diagnóstico, conversamos con él sobre los desafíos técnicos que hoy enfrenta el riego en Chile y qué se requiere para llevarlo a una operación realmente profesional.

—¿Cuál es, a su juicio, la principal deuda del riego tecnificado en Chile hoy?

La instalación avanzó rápido, y eso es positivo, pero la correcta operación no lo hizo al mismo ritmo. Mucha gente cree que tener un buen sistema de riego tecnificado es suficiente, pero sin medir presión y caudales no hay cómo garantizar que ese diseño se está ejecutando correctamente. Se invierten miles de dólares por hectárea y luego se deja la operación entregada al ‘yo creo que se regó bien’. Esa es la brecha real”.

—¿Por qué es tan crítico medir presión y caudal, y no solo cumplir horas de riego?

“Porque el agua no siempre llega con la presión diseñada. Una válvula parcialmente cerrada, una pérdida en la tubería o una bomba trabajando forzada pueden estar restando agua a un sector completo sin que nadie lo note. Dos calicatas a pocos metros de distancia te pueden mostrar un suelo saturado y otro seco dentro del mismo cuartel. Y si eso ocurre durante toda la temporada, el resultado es menor producción y una sensación de que el sistema “no funcionó”, cuando el problema fue de operación, no de diseño”.

—¿Qué impacto productivo genera una operación deficiente?

“Mayor costo por tonelada producida, menor calibre, menor rendimiento y, en frutales, también riesgos de estrés que comprometen la temporada siguiente. Muchas veces la agricultura asume esos resultados como inevitables, pero no son azar: son la consecuencia directa de no controlar variables clave. Un error de veinte minutos diarios, repetido por 150 días, es una mala temporada. Y en muchos campos, ese error ocurre sin que nadie se entere”.

—¿Cómo cambia la toma de decisiones cuando se cuenta con trazabilidad del riego?

“Se profesionaliza. Ya no depende de la memoria del operador ni de si alguien tuvo tiempo para recorrer el campo. La gerencia puede saber si se cumplió el plan de riego, si alguna válvula falló o si un sector quedó sin aplicación. Y cuando un resultado productivo no es el esperado, la conversación cambia. Se puede decir: ‘regamos de esta manera, con esta presión y estos caudales, y los datos muestran tal cosa’. Necesitamos información, no impresión”.

2026

Más datos, mejores decisiones: la apuesta tecnológica de Coagra en nutrición animal

Con dos equipos NIRS portátiles y un análisis de micotoxinas que está en plena evaluación, este año se buscó consolidar el modelo de acompañamiento técnico continuo a los productores, a través de la entrega diagnósticos inmediatos en predios para elevar la calidad productiva de los clientes.

En una era marcada por la adopción de tecnologías que permiten acelerar decisiones en el campo, la línea de Nutrición Animal de Coagra ha dado un salto que combina precisión, servicio y acompañamiento directo a productores.

En 2025, la empresa incorporó el uso de equipos portátiles de espectroscopia por infrarrojo cercano (NIRS) para realizar análisis nutricionales tanto a nivel interno como directamente en los predios de sus clientes, y además está sumando nuevas herramientas para detectar micotoxinas, una amenaza silenciosa pero real que impacta la calidad y el rendimiento de los insumos utilizados en la producción animal.

El resultado: diagnósticos rápidos, datos confiables y un servicio técnico postventa que hoy se posiciona como uno de los más avanzados del país.

“Siempre hemos buscado diferenciarnos en el trato que le damos a nuestros clientes. “Queremos dar soluciones inmediatas y eficientes, basadas en datos duros”, explica José Manuel Carmine, encargado de Calidad y Servicio de Nutrición Animal de Coagra. Desde 2024, explica, la compañía venía evaluando alternativas que permitieran un control de calidad más robusto y, al mismo tiempo, un apoyo concreto a los productores.

El salto definitivo se dio con la llegada de dos NIRS portátiles, un dispositivo que, mediante luz infrarroja, identifica en minutos parámetros como proteína, fibra, grasa o almidón en distintos tipos de alimentos.

Datos inmediatos en el predio

Lo que comenzó como una herramienta para validar internamente la calidad de los productos —comparando lo fabricado con los valores formulados— rápidamente evolucionó hacia un servicio directo para los clientes. El carácter portátil del equipo hizo posible llevar el análisis al mismo lugar donde se toma la muestra.

“El resultado preliminar está en cinco minutos”, detalla Carmine. Esta rapidez permite evaluar varios materiales en una sola visita: Ensilajes de maíz, pradera o granos húmedos, TMR, materias primas y otros insumos críticos para la ración del ganado. Y, sobre todo, suma, “posibilita tomar decisiones productivas en el acto, sin esperar los 10 a 15 días que suele demorar un laboratorio tradicional para entregar un informe completo”. Este reporte inmediato, además, se complementa con un informe posterior más robusto que elabora el equipo técnico.

La acogida entre los productores ha sido inmediata. “A todos les llama la atención, porque no es una tecnología conocida a nivel portátil”, cuenta Carmine. Y aunque la precisión es muy cercana a la de un laboratorio —con pequeñas variaciones esperables en equipos portátiles—, las comparaciones realizadas en conjunto con clientes muestran “resultados súper parecidos”, lo que ha reforzado la confianza en su uso en campo.

En esa línea, la compañía trabaja sus calibraciones con el soporte técnico de Cargill Brasil, una de las empresas de nutrición animal más grandes del mundo, lo que aporta respaldo científico y consistencia internacional a los resultados obtenidos en Chile.

Nuevo paso: análisis de micotoxinas

A fines de 2025, llegó otra innovación: un equipo de análisis para detectar micotoxinas, metabolitos derivados de hongos que pueden afectar seriamente la salud del ganado y disminuir la producción. Aunque este equipo es de laboratorio y no se utiliza en terreno, permite evaluar ensilajes, maíz grano, soya y otros insumos claves antes de su uso o comercialización.

“Aún existe el mito de que si un alimento se ve limpio no tiene micotoxinas”, señala Carmine. “Pero siempre hay una carga, alta o baja”. Esta herramienta permite mostrar con evidencia cuándo es necesario el uso de secuestrantes —como el producto Notox LS, que comercializa Coagra— y ofrecerlo como un servicio preventivo que reduzca riesgos productivos.

Si bien la implementación está en su fase inicial, la empresa proyecta usarla de forma más amplia en 2026, una vez completadas las calibraciones y protocolos internos.

De cara al 2026, Coagra proyecta profundizar la red de servicios en torno al NIRS y al análisis de micotoxinas. La prioridad será fortalecer el acompañamiento a productores y asesores, multiplicar las visitas a terreno y seguir validando datos para asegurar decisiones más precisas.

2026

“La eficiencia es el camino”: el impulso de una nueva generación lechera

En 2021, los hermanos Felipe y Constanza Ramírez asumieron la administración del campo familiar en Río Bueno, convirtiéndose en la tercera generación al mando. Hoy comparten los avances logrados y cómo la asesoría técnica de Coagra ha impulsado sus resultados.

A los 31 años, Felipe Ramírez hoy administra —junto a su hermana, Constanza— la lechería familiar ubicada en Río Bueno, en la XIV Región. Ingeniero en Ejecución en Agronomía, creció literalmente entre vacas y tractores. Su infancia estuvo marcada por el campo, un espacio que nunca abandonó y que terminó convirtiéndose en su profesión.

La empresa partió con sus abuelos, luego pasó a manos de su madre y su tía, después a su padre, y en 2021, los hermanos asumieron la administración, ambos egresados de carreras agrícolas. Mientras ella se encarga de todo lo relacionado a lo administrativo, él se concentra en el ordeño, la supervisión del personal y la gestión productiva.

“Toda la vida he estado ligado al campo. Siempre me ha gustado el terreno. Aquí las cosas se hacen trabajando: si hay que ordeñar o manejar un tractor, yo me ensucio las manos”, resume Felipe, quien anhela que el proyecto familiar siga creciendo.

 Con experiencia laboral en Nueva Zelanda, país reconocido en producción lechera, cuenta que busca incorporar parte de ese modelo al predio en Río Bueno: “más eficiencia, más foco en la pradera y menos mano de obra, pero mejor remunerada”, resume. Hoy cuentan con cerca de 400 vacas en ordeña y han impulsado una transformación interna centrada en la calidad del alimento, mejoras en la terapia de secado, uso de tecnología y un trabajo estrecho con Eunice Carrasco y Christopher Vega, el especializado equipo técnico de Coagra que los asesora continuamente.

La historia de un legado que continúa

— Creciste en un entorno agrícola desde niño. ¿Qué te llevó finalmente a seguir ligado al campo familiar?

 “Toda mi vida he estado ligado al campo: desde chico metido en las vacas, en los tractores y en la tierra. Siempre estuve en eso, entonces, fue algo natural seguir por este camino. Además, aquí hay una historia familiar que viene desde mis abuelos, después siguió mi mamá con mi tía, y más tarde mi papá. Cuando él falleció y nosotros terminamos nuestras carreras, tomamos la administración con mi hermana. A mí siempre me ha gustado estar en terreno y ensuciarme las manos, así que seguir en la agricultura era lo que tenía sentido”.

— ¿Cómo ha evolucionado la lechería desde que tú y tu hermana asumieron la administración?

 “Este último año hemos hecho muchos cambios. La idea principal ha sido hacer más eficientes a las vacas: tener menos, pero que produzcan leche de mejor calidad. Hemos estado estos últimos 12 meses trabajando en eso. Por ejemplo, preferimos tener 150 vacas que produzcan lo que antes producían 200, pero mejor. Ese tipo de ajustes ha sido parte del proceso”.

— Viviste en Nueva Zelanda y has tratado de adaptar parte de ese sistema. ¿Qué elementos rescatas de esa experiencia?

“Que allá todo se basa en la eficiencia. Aprovechan al máximo la pradera y se trabaja con menos personal, pero con buenos sueldos. Eso hace que el personal sea más eficiente. Por ejemplo, allá éramos tres personas trabajando 750 vacas. Esa forma de trabajar es lo que he intentado integrar acá”.

— Has mencionado que han tomado decisiones como descartar animales improductivos. ¿Qué otras prácticas han marcado esta etapa?

 “Lo primero fue sacar todas las vacas que eran improductivas: vacas secas, vacas que no daban leche. Después, empezamos a ajustar la alimentación y la terapia de secado en los momentos precisos. También hemos aumentado bastante la cantidad de vaquillas para inseminar. Antes inseminábamos entre 50 y 60 animales por temporada, y hoy tenemos 115”.

—¿Y qué tecnologías han incorporado y cuál ha sido su impacto?

 “El año pasado incorporamos los collares para la inseminación. Eso ha sido lo último en tecnología que hemos sumado y ha aportado harto en el manejo reproductivo. También trabajamos con partos estacionales, lo que nos ordena las etapas del año. Hoy en día, si no se aplica tecnología es complejo crecer, porque la mano de obra cada vez es más escasa, y no solo en la agricultura. Para mí, lo principal es hacer todo más eficiente y aplicar la mayor tecnología posible”.

— ¿Cómo ves el mercado lechero actualmente?

“Hoy el precio está muy bueno, algo que no se había visto últimamente. Tanto en leche como en carne. Yo lo atribuyo al mayor consumo y al menor número de animales disponibles. Pero hacia adelante nada está escrito”.

— ¿Qué impacto ha tenido la asesoría técnica de Coagra en sus resultados?

 “Ha sido mucha la ayuda. Partimos trabajando en febrero-marzo, cuando veíamos un año negro, y hoy día se dio vuelta la tortilla en un 100%. Los asesores, Eunice y Christopher, siempre están pidiendo la información de la leche para ver qué ajustar, están pendientes del stock y si falta algo, nos suplementan mientras llega el camión. Eso ha sido muy valioso”.

— Mirando al futuro, ¿qué objetivos tienen para su predio?

“Por ahora estamos enfocados en mejorar las cosas y en sacarle el mayor potencial a la genética que manejamos. Este año estamos alrededor de un 15% arriba respecto al año pasado. Mi meta para el próximo año es subir entre un 25% y un 30% la producción, respecto a 2025”.

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