Aunque la escasez hídrica sigue presente, especialistas coinciden en que el verdadero salto pendiente no es solo tecnológico. El desafío está en usar los datos, la automatización y los sistemas de riego con planificación estratégica, mayor profesionalización y toma de decisiones informada para elevar productividad y eficiencia en el agro.
El manejo del agua sigue siendo un eje de la competitividad agrícola en Chile, pero la discusión ya no se limita al volumen disponible. El país avanza en tecnificación, aunque todavía solo alrededor del 29% de la superficie agrícola cuenta con sistemas modernos de riego. El sector frutícola lleva la delantera. Datos de la Biblioteca Digital del CIREN indican que alrededor del 48.2% de la superficie con frutales usa riego mecanizado (goteo y microaspersión), aunque varía significativamente por región.
En los predios donde sí existe infraestructura, el desafío es otro: utilizarla con estrategia. Andrés Olivos, gerente técnico de Olivos y especialista en riego, sostiene que en la mayoría de los campos no existe un plan claro que defina cómo y con qué objetivos se riega cada temporada.
“La mayoría de los agricultores sabe que el riego representa entre el 70% y el 90% del éxito productivo, pero le dedican apenas un 15% del tiempo de gestión”, advierte, señalando una brecha entre la importancia que se le atribuye al agua y el tiempo real que se invierte en manejarla de manera informada.
Olivos también sostiene que uno de los problemas más frecuentes es la adopción de tecnología antes de definir la estrategia de riego. Chile, señala, es rápido para incorporar sensores, medidores o plataformas digitales, pero no siempre existe un objetivo productivo claro para orientarlos.
“Si no hay estrategia previa, la tecnología queda subutilizada. Muchos, recién al final de la temporada, miran los datos y se dan cuenta de que regaron 30% más o 20% menos, pero ya es tarde para corregir”, explica.
El problema no estaría, como se cree, en los operadores de riego, sino en los niveles de administración y jefatura, que aún no consideran el riego como una decisión estratégica al mismo nivel que la nutrición, la sanidad o la planificación de cosecha.

Experiencia desde el campo
Sergio Massai, gerente de Más Fruits y productor de cerezas, uva y semillas, coincide plenamente. Desde su experiencia, sostiene que la brecha no es solo tecnológica, sino cultural.
“Muchas veces la inversión se hace en equipos de alto nivel que luego terminan siendo operados por personas poco capacitadas, y cuando empiezan las fallas, no se corrige el sistema, sino que se improvisa. Después llega el dueño o el gerente y el problema fue simplemente que la planta no recibió el agua que necesitaba”, señala.
Para él, el verdadero avance está en la capacidad de auditar el campo en tiempo real, desde un computador o un teléfono, sabiendo cuánto se está regando, cuánta evapotranspiración se debe reponer, si existe una fuga, si el filtro necesita limpieza o si una matriz falló.
“Una hora de bomba adicional significa un costo energético real, y ser precisos en el riego impacta en todas las áreas del predio”, afirma Massai.
Massai comenta que en su caso el uso de plataformas digitales ha permitido modernizar sus operaciones en distintos valles. Sensores, estaciones meteorológicas interconectadas, control remoto de válvulas y sistemas de alerta han transformado el riego desde una labor operativa a una tarea de control de procesos, en los cuáles él está muy involucrado.
Desde su celular, por ejemplo, puede ver todos los cuarteles, planificar riegos nocturnos, organizar turnos sin depender de un operador presente y reducir las horas de parada cuando se presenta una falla. “Es un cambio que también libera al campo de depender exclusivamente de la disponibilidad laboral, un factor que cada temporada se vuelve más crítico”, agrega.
Datos para mejores decisiones
Aunque se habla mucho de automatización, ambos coinciden en que la próxima revolución vendrá con la incorporación de inteligencia artificial. Sin embargo, esta tecnología aún no está plenamente integrada al riego chileno, no porque falten herramientas, sino porque el sector todavía no ha construido el piso necesario para sacar provecho de ella.
“¿De qué sirve un sistema que recomienda y ajusta decisiones automáticamente si la estrategia base no está clara o si los administradores no están involucrados?”, advierte Olivos. Massai coincide, señalando que la IA llegará, pero será efectiva solo cuando exista una cultura de manejo técnico consistente y basada en datos reales.
Como sintetiza Massai, “la agricultura moderna exige menos intuición y más información. Cuando eso ocurre, los resultados se ven en todos los niveles del campo”.









