La ingeniera agrónoma y especialista en gestión ambiental ve en la agricultura regenerativa una oportunidad concreta para reconciliar productividad y sostenibilidad. Desde Neogreen, trabaja impulsando soluciones basadas en economía circular y bioestimulación.
Creció en el campo y, aunque la agricultura no era el principal ingreso familiar, siempre estuvo presente en su vida cotidiana. Entre cultivos, naturaleza y una relación cercana con el entorno, Francisca Riquelme fue construyendo tempranamente una conexión con el agro que más adelante marcaría su camino profesional.
“Desde muy pequeña mis papás inculcaron en mí un respeto genuino por la naturaleza”, recuerda. Por eso, cuando llegó el momento de elegir una carrera, estudiar Agronomía no fue una sorpresa, sino una consecuencia natural de esa historia familiar y territorial.
Con el tiempo, su interés dejó de centrarse únicamente en la producción agrícola y comenzó a orientarse hacia una pregunta más amplia: cómo producir sin comprometer los sistemas que sostienen esa producción. Ahí apareció la gestión ambiental, disciplina que hoy considera inseparable de la Agronomía.
Antes de llegar a Neogreen trabajó en áreas como reforestación y minería, buscando espacios donde pudiera conectar conocimiento técnico con desafíos ambientales reales. La propuesta de la empresa que hoy integra —transformar residuos de la industria salmonera en bioestimulantes agrícolas— fue lo que finalmente la convenció.
“Lo que me llamó la atención desde el principio fue que el proyecto naciera de un problema ambiental concreto y lo transformara en una solución productiva”, explica.
Hoy, desde su trabajo en terreno, promueve una visión de agricultura donde el suelo, la microbiota y la resiliencia de los cultivos pasan a ser parte central de las decisiones productivas. Una mirada que, asegura, ya no es solo aspiracional, sino una necesidad frente a la presión climática y los desafíos de seguridad alimentaria.
Biodiversidad y productividad
—Desde tu experiencia, ¿qué significa realmente avanzar hacia una agricultura más sustentable, más allá del discurso?
“Para mí significa tomar decisiones incómodas y medir lo que realmente importa, porque la sustentabilidad en la agricultura no es un sello ni un relato de marketing, o al menos no debería serlo.
Es mucho más que eso. Es cómo manejas el suelo, qué le dejas al sistema después de cada temporada y también entender que la biodiversidad no está en contradicción con la productividad, sino que la sostiene.
Hay evidencia científica contundente que muestra que los suelos con mayor diversidad microbiana tienen mejor estructura, mayor capacidad de retención hídrica y mayor resiliencia frente a distintos tipos de estrés, lo que se traduce directamente en un mejor rendimiento a largo plazo.
Avanzar de verdad también implica hablar de seguridad alimentaria. Una agricultura sustentable que no asegure acceso a alimentos de calidad para todos tampoco va a ser sustentable.
—Neogreen propone una lógica de economía circular, transformando residuos en soluciones agrícolas. Cuando eso se lleva a campo, ¿dónde ves el mayor impacto?
“El mayor impacto lo veo en el suelo, porque cuando llegamos al campo con un bioestimulante como el nuestro, que viene de subproductos de la industria salmonera, no solamente estamos aportando nutrientes, sino introduciendo compuestos bioactivos que estimulan la actividad microbiana del suelo, mejoran la disponibilidad de nutrientes y fortalecen la planta desde adentro.
Pero el impacto de la economía circular va mucho más allá del campo en sí, porque al final estamos cerrando un ciclo que antes terminaba en un problema ambiental y ahora termina generando valor productivo.
Eso tiene implicancias reales en la huella de carbono, en la reducción de residuos industriales y también en la dependencia de insumos de síntesis química”.
—Hoy se habla mucho de regenerar suelos. En la práctica, ¿cómo se traduce eso en decisiones concretas de manejo?
La regeneración del suelo siempre corre el riesgo de quedarse en lo conceptual si no se aterriza en decisiones concretas para la temporada.
Regenerar el suelo empieza por entenderlo. Entender la actividad biológica, la materia orgánica y la estructura. A partir de ahí las decisiones van cambiando.
Por ejemplo, Neogreen Soil tiene un rol concreto y, gracias a su formulación de bajo peso molecular, permite ver resultados en un plazo más corto de lo que normalmente se esperaría de un producto regenerador.
También están los fúlvicos, que tienen una acción más rápida sobre la planta y el suelo precisamente por ese bajo peso molecular, lo que se traduce en mayor actividad radicular y microbiológica visible dentro de la misma temporada.
A eso se suma el aporte de aminoácidos y carbono orgánico, que alimentan la microbiota del suelo, que es finalmente la que hace el trabajo de regenerar”.
—Desde el punto de vista técnico, ¿en qué momentos del cultivo tiene más sentido incorporar bioestimulantes y por qué?
“Va a depender de distintas variables, pero, en términos generales, un producto foliar como Neogreen Up tiene sentido aplicarlo en prefloración, floración y cuaja, porque la planta está concentrando su energía en reproducción.
El aporte de aminoácidos disponibles de forma directa, sin que la planta tenga que sintetizarlos, se traduce en mejoras más rápidas y uniformes en la fruta.
Los péptidos presentes en los hidrolizados proteicos actúan como moléculas de señalización que modulan la proliferación celular, la reproducción y la respuesta al estrés.
En el caso de Neogreen Soil, la lógica es más de base: aplicaciones vía riego en brotación y poscosecha para estimular la microbiota y mejorar la disponibilidad de nutrientes en la rizósfera”.
—En escenarios de estrés —como altas temperaturas o déficit hídrico—, ¿qué rol pueden jugar este tipo de soluciones en la respuesta de la planta?
El estrés abiótico tiene un mecanismo muy concreto. Cuando la planta enfrenta déficit hídrico, el cierre estomático limita la fotosíntesis y además se genera acumulación de radicales libres que dañan las membranas celulares y alteran procesos enzimáticos.
Todo eso consume energía que debería ir a la producción.
Ahí es donde nuestros productos actúan desde distintos ángulos. De manera foliar, por ejemplo, el aporte directo de aminoácidos como prolina, ácido glutámico y glicina evita que la planta tenga que gastar energía sintetizándolos.
Estos aminoácidos ayudan a la retención de agua en las células bajo estrés térmico e hídrico y mantienen la integridad celular.
Por otra parte, los productos vía riego mejoran la retención hídrica y activan la microbiota que mantiene la disponibilidad de nutrientes incluso cuando el suelo está bajo presión”.
—¿Qué tan abierto ves hoy al agricultor chileno a incorporar este tipo de herramientas? ¿Dónde están las principales barreras?
“Yo creo que están cada vez más abiertos, y eso se nota en terreno, porque la conversación ya no parte de cero con el tema de los bioestimulantes.
La fruticultura chilena fue pionera en este tipo de herramientas y las proyecciones de crecimiento siguen aumentando.
Las barreras que persisten hoy son más del proceso. El agricultor quiere evidencia local: en su cultivo, en su zona, no datos genéricos. Por eso trabajamos mucho con ensayos en terreno y acompañamiento técnico.
La otra barrera tiene que ver con el aspecto económico, sobre todo en medianos y pequeños productores, donde cualquier nuevo insumo tiene que justificarse con un retorno concreto”.
—Si miras hacia adelante, ¿qué tipo de agricultura te gustaría ayudar a construir desde tu rol en Neogreen?
“Me gustaría contribuir a una agricultura que no tenga que elegir entre producir bien y cuidar el sistema que la sostiene.
Creo en una agricultura donde el suelo vivo sea el punto de partida de cualquier decisión de manejo, donde los insumos tengan una lógica de ciclo completo y donde el agricultor tenga herramientas reales para adaptarse a un clima cada vez más impredecible.
También me gustaría que esa agricultura llegue a más personas, porque la seguridad alimentaria no es un tema separado, sino la consecuencia de si lo estamos haciendo bien o no.
Y, desde mi rol, espero seguir construyendo puentes entre el terreno, la ciencia y los sistemas productivos, siendo parte de una generación que le devuelva al campo más de lo que le saca”.






